lunes, 17 de diciembre de 2018

¡Oído cocina! (Ya están aquí)




Sé que hay personas a las que las fiestas, sobre todo las navideñas, les provocan un odio visceral; que aborrecen el encuentro con familiares, las luces adornando balcones, el consumismo atroz, las comilonas, los villancicos… Sé que hay gente que en la amargura, se maneja mejor, y en su derecho están de sentir arcadas cuando se cruzan con un abeto cargado de bolas rojas. Pero, y esto es algo que he mamado desde niña, en mi caso cualquier motivo es bueno para intentar pasármelo bien. Tengo la fortuna (para mí es el mejor patrimonio) de disfrutar de una familia amplia y dada a la guasa, y aunque con los años muchos van desapareciendo, llegan otros nuevos que ocupan su lugar, y que conforman circularmente eso que acaba siendo la vida: una concatenación infinita de hechos, gentes, lugares, historias…

Tenemos también la suerte –los que me leéis y yo- de haber nacido en un rincón del mundo sin grandes problemas, con nubarrones de evolución que suelen disiparse con el tiempo, con trifulcas que nos empeñamos en abordar no sé si por mero aburrimiento o por insatisfacción personal, y con acontecimientos puntuales trágicos e indeseables, que son precisamente la excepción que confirma la regla. Pero en general, e insisto en la generalidad, nos ha tocado una sociedad en la que alcanzamos lo que deseamos y si tenemos la valentía y la honestidad de compararnos con otros, nos debemos sentir privilegiados.

Excepto en los temas de salud, creo firmemente que todo se trata de querer más que de poder, que hasta la sonrisa en la cara uno la puede provocar, que es una cuestión de echarle muchas ganas y auto convencerse de que ya las pasaremos canutas de verdad cuando nos llegue el momento y que el estar permanentemente enfadado con el mundo, con el despertador, con el vecino, con las banderas, con la dieta, con la cuenta bancaria, con la prisa, con los niños, con el cielo, solo nos va a crear una arruga tras otra y una existencia agria sin sentido alguno.

Sé que hay personas que odian visceralmente las fiestas navideñas, pero yo, a siete días de Nochebuena, estoy deseando dar regalos, abrazar a mi familia, ver cómo crecen los pequeñajos, comer turrones, cantar todas las canciones asturianas que mi abuela nos enseñó, reír, brindar y saber con total seguridad, que todos aquellos que faltan, estarían felices y orgullosos de vernos celebrar juntos  algo tan sencillo y maravilloso, como el seguir aquí. 

¡Felices fiestas!

viernes, 30 de noviembre de 2018

Malicia en el país de las mantequillas

Si algo está de moda en los programas de radio y televisión, y en los suplementos de prensa  (aparte de las somniferas tertulias y artículos seudopolíticos) son los espacios de nutrición mega saludable. Y a mí, que tengo por costumbre escuchar y leer toda novedad al respecto (aunque siga con mi dieta Dilophosaurus) me traen un poco de cabeza lo mucho que unos y otros se contradicen y el que tengan como lema: Donde dije digo, digo Diego. Sabrán que lo que hace unos años era poco menos que satánico, como por ejemplo comer más de dos huevos por semana, es ahora recomendable doblemente; que si antes el pescado te auguraba una vida más larga que la de Matusalén, ahora con dos raciones cada siete días te metes más mercurio en el hígado que el de una  roca de cinabrio. Que los frutos secos ya no engordan y te proporcionan tantos minerales como el Museo geológico de Barcelona; el agua -antaño elogiable- sí pero con peros, es decir, dos litros al día vale, pero una gota más te lleva a una hiponatremia que lo flipas.  ¿Qué decir de la carne de cerdo?, otrora arsénico grasiento y verdugo de órganos, que es a día de hoy lo más magro e inmaculado del súper. Nada que ver con la lechuga, esa verdura que Stallone comía a todas horas cuando rodaba Rocky y que te dejaba hecho un espíritu de la golosina, y ahora si le dices a un dietista que cenas ensalada te hace la señal de la cruz y te augura unos cólicos de padre y muy señor nuestro. Los cereales, ideales desayunos para mens sana in corpore sano, que desde  hace unos días son peores que el alpiste de canarios. El vino, el chocolate negro, las sardinas, la leche de soja, la mantequilla, las vísceras; la vitamina C de los zumos que evitaba resfriados y ahora es poco menos que una mierda pinchada en un palo. Los lácteos, las especias, la sal, el azúcar ¡El aspartamo!, ambrosía sustitutiva décadas atrás, ponzoña inmunda hoy.

Y no sé, no sé si todo esto alude a modismos, superávit de productos, campañas publicitarias, competencias desleales, oportunistas iluminados, o que no hay que creer a pies juntillas en nada y observar uno mismo lo que le vale y lo que no. Pero a mí, cuando el martes pasado leí en un artículo relativamente fiable que no hay nada peor para los resfriados de las vías altas, que los caramelos de menta, me han dejado como chupando un palo sentada, sobre una calabaza. 




domingo, 18 de noviembre de 2018

Comer, beber, cagar




Un par de veces en semana voy mirando qué día internacional se celebra; a menudo me parecen o una soberana bobada o tocan unos temas tan dramáticos que no casan con el humor por ningún lado. Si se trata de un asunto de justicia universal o discriminación –ya lo saben- me embarco. Pero a veces, lo que a primera vista puede parecer una inmensa mamarrachada, si indagas y te informas, no lo es y tiene su qué, su cómo y hasta su por qué.

Y así me ha sucedido hace unos minutos, consultando los días mundiales que se celebran esta semana, cuando me he encontrado con el correspondiente al próximo 19 de noviembre: Día Internacional del Retrete y el Saneamiento. En un primer momento he flipado, pero ante la curiosidad y perplejidad del anuncio, he recabado más datos y me he dado de bruces con lo absurdo, cruel, irrazonable y leonino que este mundo.

Reseñas, cifras y referencias:

“Los retretes salvan vidas, ya que gracias a ellos se evita la propagación de enfermedades mortales a través de las heces humanas. El 60% de la población mundial no cuenta en sus residencias con métodos que eliminen de forma segura sus excrementos. 892 millones de personas lo hacen al aire libre. 1800 millones beben agua no potable contaminada por heces. Las principales enfermedades transmisibles son el cólera, la fiebre tifoide, la disentería y la diarrea, la anquilostomiasis, la esquistosomiasis y la filaríais.”

Dicho lo cual me parece un buen día para celebrar, para intentar que el saneamiento llegue a todas partes, para concienciar de lo terriblemente mal que se vive en tantas partes de la Tierra, de lo poco que valoramos lo mucho que tenemos, de la importancia de la higiene, de lo chorra que llega a ser comprar papel de colorines para limpiarse el culo, de la necesidad de salir desahogados de casa para no tener que parar de urgencias en un área de servicio y de lo asquerosamente guarros que tenemos los lavabos públicos.

Sean conscientes y si tienen tiempo, curioseen en los Días Internacionales de… Igual no dibujan una viñeta, pero seguro que a partir de ahora, cagarán más a gusto.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

No es país para obesos




Cuando por la mañana me tomo el primer café, leo las noticias, por eso será que habitualmente me sienta como un tiro, pero ayer la lectura de una en concreto me dio el desayuno, el vermut y la comida.

Resulta que la Consejería de Salud Pública de la Generalitat Valenciana, decidió y así lo comunicó, que a partir de ese momento quedaba prohibida la incineración de cadáveres con obesidad mórbida y aquellos que hubieran recibido tratamiento contra el cáncer con agujas radioactivas. ¿Perdón? Los motivos eludían a la gran contaminación ambiental que el hecho genera en ambos casos, y a la dificultad de quemar un cuerpo de tales dimensiones en los hornos dispuestos para ello en el primero.
A ver. De verdad que me puse negra. Me asaltaron tantas preguntas que no sabía si llamar a Ana Barceló directamente (Consellera de Sanitat) o a la Asociación mundial de gordos para plantarnos ante El Palau, después de comernos un arroz a banda en la Albufera.

Supongamos que fallece una persona en la ciudad en cuestión, y el responsable de la funeraria, tras cuestionarte sobre nombre, apellidos, fecha de nacimiento y mostrarte el catálogo de ataúdes, te pregunta que cuánto pesaba. Supongamos también que contestas que 200 kilos, 200 kilos menos los 21 gramos que desaparecen por misteriosos motivos, y entonces te comunican que no puedes incinerarlo porque sobrepasa los límites de la entrada al crematorio. Hay que enterrarlo sí o sí. Pasando olímpicamente de las últimas voluntades del difunto, de lo que opine la familia y de si dispone de nicho o no. Según mis indagaciones una tumba estándar tiene unas dimensiones de 2 m de largo, por 0,80 de ancho, lo cual tampoco me parece suficiente para nuestro fiambre, pero no quiero saber cómo se las ingenian para que quepa; aunque entonces me asalta otra duda, obesa duda, ¿cuántos enfermos de obesidad mórbida mueren al año en la citada población? ¿Cuántos para que tanto afecten a la contaminación? ¿Más que automóviles? ¿Más que fábricas? ¿Más que los productos de limpieza? ¿Un gordo incinerado cada –pongamos- seis meses es un problema para la polución? ¿Hay que quitarle la dignidad hasta en el momento de su muerte? ¿No sería más lógico –aun tratándose de la Generalitat Valenciana- que modificasen el crematorio?

Imagino que todas estas preguntas, los lumbreras que tomaron la decisión  -que dicho sea de paso, deben estar como sílfides- no se las formularon, y ante la queja de alguna funeraria sobre un puto gordo que no entraba ni a empujones, se sacaron de la manga lo que apestan 200 kilos de grasa sobre la ciudad y se quedaron tan panchos.

Afortunadamente, y tras un día de indigestión aguda, a la hora de la cena rectificaron su edicto y los del sobrepeso exagerado podrán ser quemados si así lo deciden. El tema de las agujas radioactivas sigue vigente pero lo estudiaré en otro momento, que ahora voy a desayunar.

PD: El grado de gilipollez supina que estamos alcanzando supera las más agoreras expectativas.

jueves, 8 de noviembre de 2018

El silencio de los ornitorrincos




Cuentan –y esto no es una de mis invenciones- que se ha comprobado en las aguas de ríos australianos, que los ornitorrincos están llegando a asimilar a través de las larvas de insectos y cangrejos de los que se alimentan, el 50% de la dosis diaria de medicamentos que los humanos consumimos. Cuentan también que se han encontrado en ellos hasta 69 productos farmacéuticos, siendo el porcentaje más alto el de antidepresivos. La noticia no se extiende más, con lo que te dejan –si perteneces al grupo de  los inquietos intelectuales- con un montón de preguntas sin respuesta, a no ser que tengas línea directa con uno de los investigadores de la Monah University, privilegio del cual y sin ánimo de ofender ni menospreciar a nadie, dudo que gocen mis lectores. Así que tiene uno dos opciones: Pasar olímpicamente del tema o, intentar despejar las equis por sí solo. Y, efectivamente, tengo mucho tiempo libre y un ansia inmensa de investigar.

Para empezar han de saber que el animal en cuestión es un tipo rarísimo. Tanto que cuando fue descubierto se llegó a creer que se trataba de una confabulada falsificación (pico de pato, cola de castor, patas de nutria). Por si fuera poca su fealdad y nula exclusividad física, está dotado con unos espolones que inyectan un veneno mortal (no para los humanos) y localizan a sus presas por la detección de sus campos eléctricos. Es decir, si dijeran que el bicho ha sido lanzado desde un objeto volador no identificado, lo creeríamos e incluso agradeceríamos que no perteneciera a ninguna especia terrícola.

Pero ante la noticia, el estupor que más me aturde es el consumo tan exagerado que los australianos hacen de los estimulantes nerviosos. Sí, porque yo les hacía una sociedad cuasi perfecta, habitantes de ciudades envidiadas, descritas por los viajeros como los mejores lugares en los que vivir. Los imaginaba bronceados y ajenos, gente happy que practica el  surf y enloquece con el rugby, que tienen canguros en el jardín, boomerangs divertidos, un estilo bushwear en el vestir y ese sombrero de piel de conejo que tan bien le queda a Eric Bana o Hugh Jackman. Con un PIB per cápita superior al de EEUU, Francia o Reino Unido (mejor no compararlo con el nuestro), una deuda pública saneada y reducida, y un fuerte y estable sistema financiero; disfrutan de  13 horas de sol al día y producen carne y lana para abastecer a medio mundo.  

Y ahora nos salen con que su fauna consume más fluoxetina que  hamburguesas de emu, y que su población está más enganchada al Prozac que a Platón, siendo los trastornos mentales la tercera causa de enfermedad en el país. Decepcionante.

Créanme si les digo que mi amor hacia los ornitorrincos nunca se dio (sin desearles mal alguno) pero sí cierta admiración por un país que aun en las antípodas, se me antojaba cercano a mi modelo de modus vivendi. Pero ahora que sé lo que les comparto, emigrar a Melbourne para hincharme a paroxetina y filete de cocodrilo, y que una pandilla de mamíferos semiacuáticos tengan la serotonina por las nubes y se crean los reyes del mambo, me lleva a reflexionar y sentenciar que como en casa –con esos linces, toros y cerdos de nuestra fauna- no se está en ningún lado.

¡Ea!

martes, 23 de octubre de 2018

La trompetilla nacional




Tengo la mala costumbre de esperar algo bueno cuando se estrena una serie española presuntamente de intriga. Es una esperanza completamente onírica, como la del euromillón o una invitación a Arco. Pero dicen que uno muere en vida si abandona las ilusiones, así que cuando a las 22.40 h aparece en nuestras pantallas ese elenco de actores y actrices que son como de la familia, le escribo un WhatsApp a mi hermana con el texto: A ver cuánto aguantamos. Y el caso es que la capacidad de sufrimiento del ser humano, es inescrutable.

Supongamos que la trama tiene su qué, que el guion es aceptable y que te entregas a lo ancho del sofá a ver familias más maléficas que Charles Manson y con más secretos que el mago Houdini. Y a los pocos minutos empiezan las deficiencias, los defectos, ese feo vicio de los actores actuales: Susurrar. Da igual que estén en un bosque buscando a su novia desaparecida, pegándose de ostias con su hermano, pasando droga por el Atlántico, comprando al jefe de policía o cargando piedras para construir una catedral. Ellos no hablan, susurran. Y lo hacen de una manera tan sutil, tan por lo bajini, tan Om, que no te enteras absolutamente de ningún diálogo y te pasas el capítulo preguntándole a quien te acompañe en el sofá: ¡¿Qué ha dicho?!

Pero cuando te acostumbras a medio leer en los labios y a deducir la conversación, llega la segunda tara, que sumada al no oír ni papa, no sabes si salir corriendo a Gaes para una audiometría de urgencia, o twitear a la cadena en cuestión para que pongan subtítulos a los que musitan. Y es que lo de los acentos (ese conjunto de  particularidades fonéticas, rítmicas y melódicas que caracterizan el habla de una región) lo desconocen por completo. Les pongo un ejemplo:

Familia del País Vasco de toda la vida, compuesta por madre y tres hijos, allegados y amigos varios, también vascos desde las Guerras Sertorianas, nacidos, educados, crecidos y residentes, en el territorio. Por narices deberían tener como mínimo, un deje así como de “Ahí va la hostia, Patxi” ¿no? Pues no. Una parece de Mollerusa, el otro del barrio de Triana, la madre de las Rias Baixas, otro de Vallecas y algún descolgado de Trujillo. Para darle credibilidad a la saga, todos repiten varias veces por episodio “aita” y “ama” y así el espectador ya se traga que son descendientes directos de Tomás de Zumalacárregui.

Pero el Goya a lo infumable se lo llevó -sin duda alguna- una serie rodada en el barrio de El Príncipe (Ceuta) donde una familia oriunda (de los fenicios del siglo VII a.C.)  cuando se sentaba a la mesa a cenar, parecía una asamblea de las Naciones Unidas. El hijo mayor como si estuviera en un malecón de la vieja Habana, la madre la mismísima Moreneta de Montserrat, los pequeños de Vallecas, el yerno de la Guayana francesa, el primo de Vejer de la Frontera y el poli no se lo puedo decir, porque sólo susurraba.

Dicho lo cual e insistiendo en la esperanza de que algún día lleguemos a filmar algo digno y medianamente creíble, me voy a mi cita con el audiólogo, no sea que todo esto sólo dependa de mis oídos. O de mis odios.

Y en el próximo capítulo... ssshhhhhh




lunes, 8 de octubre de 2018

Misión a Marte (...Cargando)




En varias ocasiones a lo largo de mi vida, he estado tentada a pirarme lo más lejos posible de mi entorno, y no porque éste haya sido negativo o nocivo para mi estado físico o emocional; me atrevería a asegurar que cuando uno huye por propia voluntad, en realidad lo hace –inconscientemente- de sí mismo y su manera de interactuar con el mundo que le rodea. El caso –que no va este escrito de introspecciones ni  sicología cognitiva- es que a veces, cuando nos da por imaginarnos a cientos de miles de quilómetros de nuestro origen, evadiendo soliloquios, decisiones, arrepentimientos o penas, nos visualizamos en un cohete de múltiples fases y combustión secuencial, que sea capaz de depositarnos en un planeta anárquico sin más vida que la de algo de hidrógeno y una bocanada de oxígeno.

Hace unos meses, leyendo una entrevista a Anna Lee Fisher -química, doctora en medicina y astronauta, Jefa de la División de la Estación Espacial de la Oficina de Astronautas de la NASA- me sorprendió que terminara la misma con una frase que abría mi horizonte para cuando esos momentos de escape virtual: “Creo que volveremos a la Luna, instalaremos una base y la utilizaremos de plataforma para ir a Marte en unos 10-15 años”

Confieso que si soy incapaz de meterme en un ascensor, veo difícil pasarme un año de vuelo con microgravitación, centrifugación y despresurización alternativamente, pero puestos a imaginar, el planeta rojo me resultaba de lo más apetecible. Me resultaba hasta hoy, cuando para mi desdicha onírica y esperanzadora, he conocido la noticia de que –y cito textualmente el titular-: “Viajar a Marte destruirá el tejido intestinal de los astronautas”. Me han hundido.

Las pruebas hasta la fecha han sido realizadas en ratones, sometidos a una radicación similar a la que los viajeros sufrirían en esos doce meses de trayecto interestelar, confirmando que los intestinos de los roedores sufren un daño irreparable que podría desembocar en una grave enfermedad. Dicho lo cual, y a la espera de encontrar un método menos invasivo para los astronautas (y personal de a pie que huya de sí mismo) las futuras misiones a Marte, quedan suspendidas.

No intuía yo, a estas alturas de mi vida, tener que incluir a la NASA en mi lista negra de impresentables.

PD: ¿Disponen de referencias sobre la Роскосмос (Agencia Espacial Federal Rusa)?

martes, 21 de agosto de 2018

Aversión original (sin subtítulos)


Ayer tarde paseaba por la playa del faro, desierta gracias a la invasión de medusas, cuando a lo lejos, cercano a la boya que sirve de indicación a las embarcaciones, me pareció ver a alguien que agitaba los brazos en señal inequívoca de ahogo. Rauda y veloz (como acostumbra a ser mi caminar) me arribé a la orilla a ver de qué se trataba. Lo mío me costó correr sobre la arena de dunas eólicas, calzada con sandalias de perlas, arrastrando mi bolso multi usos y sujetando mis dos litros de agua mineral. Cuando llegué, el hombre, al que reconocí de inmediato, yacía sobre los mejillones convulsionando levemente. No era otro que el Doctor Weimberg (mi amigo el filósofo bávaro, doy por hecho que lo recordarán y de lo contrario, dichosos ustedes).
Sin saber qué hacer en estos casos, me arrodillé junto a su barbilla, por si quería balbucear sus últimas voluntades y en un alemán impoluto, lúcido y elevado de tono, me gritó:

-          Fräulein Gemma, helfen Sie mir!

Por algún extraño motivo, que aduzco a mis presentes lecturas de ascetas y carmelitas, entendí milagrosamente su socorro y supe que requería de mi ayuda. No me quedaba más remedio, si aspiro a superar mi pasotismo para con el prójimo, que practicarle el boca a boca y huir por patas si la cosa iba a mayores. Aparté un moco de esos que a todos los hombres les aparece con el agua salada, tapé sus orificios nasales y soplé con todas mis fuerzas sobre una boca harta de ron. Puso sus ojos en blanco, hinchó su vientre y me lanzó una lubina en plena cara, recobrando el poco conocimiento que le quedaba y poniéndose en pie de un brinco mientras vociferaba:

-          Danke, Fräulein!

Echándole una rápida mirada de arriba abajo, comprobé que llevaba adosada una medusa a la pantorrilla.

-          Doctor Weimberg ¿Qué demonios hace en esta playa con esta plaga de Subphylum Medusozoa ?
-          Lo de siempre, se lo puede imaginar, intentaba poner fin a mi vida.
-          ¿Y no le parece poco propio hacerlo con ese flotador de patito?
-          Mi naturaleza es precavida, ya lo sabe.
-          ¡Vamos Doctor! ¿Por qué no se dedica a escribir otro ensayo?
-          La literatura formal ha muerto, hay 200 millones de blogs en el mundo.
-          ¿200 millones dice?
-          ¡Como lo oye!
-          ¡Déjeme el flotador!
-          ¿Qué le ocurre?
-          ¡Que nunca conseguiré hacer nada original! Auf wiedersehen herr Weimberg!
-          Fräulein, fräulein!!!!
-          Glu, glu, glu...

jueves, 9 de agosto de 2018

Rebelde sin pausa




Esta mañana me he quedado patidifusa al leer que la Universidad Autónoma de Madrid, impartirá a partir de octubre un curso para ser “influencer”. Agatha Ruiz de la Prada será la directora honorífica. Los requisitos son: Ser mayor de edad, tener un blog, y una cuenta activa en Instagram o YouTube. La duración será de seis meses y no encuentro información sobre qué título oficial es el que se obtiene. El nombre del curso es: Intelligence Influencers: Fashion & Beauty.

Podía haber dejado la noticia ahí, en stand by cerebral, pero conforme pasaban las horas le iba dando vueltas a lo que puede llegar a ser el cursillo, y las probables asignaturas que se impartirán. He intentado llevar a cabo el ejercicio de la previsualización, imaginando a un chico o chica de 18 años que tras finalizar el bachillerato, llega a casa y comunica a sus padres que quiere ser eso, influencer. Lo primero que se me ocurriría es preguntarle que en qué cojones (así de claro) pretendía influenciar a quiénes (dada su extensa experiencia en la vida en general y su capacidad de convocatoria mundial) a lo que posiblemente contestaría que para eso se inscribía en la universidad, ya que la premisa es desenvolverse en las redes sociales de tal manera  que puedan exprimir al máximo sus cualidades y lograr con esos medios ganarse la vida. O sea, entiendo que medio año y con cuatro triquiñuelas de moda, belleza y muchos morritos mirando a cámara, tienen la posteridad asegurada. Pero ¡ay! ¿Están seguros de que los requisitos serán únicamente los mencionados más arriba? ¿O van a empezar a excluir a aquellos y aquellas que padezcan acné, tengan la nariz grande, sobrepeso, bizcos, orejudas, espagueti o tartamudos? Y lo que es peor, porque puede que aceptar los acepten a todos (desconozco el coste de los estudios, pero me temo un ostión) ¿y si una vez abran el canal social no se comen una rosca y lo que reciben son comentarios odiosos, humillantes o un triste contador a cero? Me aterra. 

Me aterra que algunos intenten convertir a las próximas generaciones en maniquíes de escaparate, que los preparen para luchar ante una pantalla por conseguir unos tacones o un pintalabios de purpurina, que la libertad y los derechos los encuentren sólo en un selfie, que las apariencias pretendan engañar, que oculten un vacío existencial tras una máscara luminosa, que no atiendan a más consejos que los de una pava de su edad hablando de la depilación definitiva, que obvien lo que ocurre más allá del cuarto del ordenador, y que acaben en pocos años siendo todos, los que influyen y los que se dejan influenciar, en una manada de androides exquisitamente vestidos y fascinantemente estúpidos.

Más tarde, y tras dejar reposar la información, he preferido confiar en que esos alumnos sean los menos, y que todas las otras carreras y profesiones, se llenen de jóvenes con principios, con una ideología propia, cultivados, luchadores, curiosos, inquietos y que no necesiten conectarse a un canal de Instagram para saber cómo han de pensar, vestir, actuar, viajar o sentir. 

PD: No dejen el futuro de la civilización en manos de Ruiz de la Prada. Imploro.

sábado, 4 de agosto de 2018

El sexo sentido




En las últimas 3 o 4 películas que he visto, la mayor parte del tiempo lo único que hacían era follar. No es que me moleste el visionado pero le encuentro tan poco sentido como a una cinta en la que se pasen una hora y pico preparando un pollo al curry. Es más, probablemente todos podríamos aprender algo en la segunda opción y apenas nada de la primera, porque (teniendo en cuenta la media de edad de mis lectores) lo del sexo lo tenemos más o menos sabido y lo de la cría de ave con especias asiáticas estaría por ver.

Me refiero en concreto a las escenas gratuitas, esas que no aportan nada a la historia, y en las que descubres que la tipa tiene tetas y que el hombre luce culo. Pongámonos en situación. Hombre conoce a mujer, mujer a chica, chico a tío o combinación que más al gusto les venga. Tras un primer beso la cosa pasa a mayores y suben al piso, entran  a la habitación, saltan al asiento trasero de un coche, se refugian de la tormenta en un portal o se cambian la ropa en un probador. Camisas fuera, gemidos, manos por aquí, lenguas por allá y con un fundido en negro (o en blanco si lo prefieren) se transita a la siguiente escena sabedores todos de que han echado un polvo como toda pareja de amantes requiere y quiere. Por poner otro ejemplo de gratuidad, imaginemos a un protagonista que decide con toda su alevosía, cargarse a la vecina de enfrente, y para conseguirlo le asesta cuarenta y dos puñaladas. ¿Es necesario (si no hablamos de cine gore) que nos las muestren una a una con todo lujo de detalles? Según mi opinión, no. Si durante ese coito no pasa nada más relevante que el que disfruten como jabatos, es decir, si a ella no se le desencaja la mandíbula en una felación, él no le arranca el clítoris, no explota un pecho de silicona, no se le levanta ni en la décima toma,  o no la palma ninguno de un infarto, que follen, como más o menos habremos follado todos, ya lo podemos visualizar.

Pero el caso es que –y sobre todo en las películas made in Spain- si no hay cópula el argumento no da para más de diez minutos, y si se trata de ese breve espacio de tiempo y de ponerse a tono, lo mejor es que acudan a una de las cientos de miles de webs destinadas a pajearse en un momento de aburrimiento y no se tienen que tragar una de esas 3 o 4 películas que he tenido el disgusto de ver en los últimos días.

Eso sí, de saber de algún buen largometraje en el que elaboren un solomillo Wellington en condiciones, me lo indiquen, que en lo otro estoy muy puesta, pero en ternera envuelta en hojaldre, soy un auténtico desastre.

THE END

jueves, 2 de agosto de 2018

La historia terminable




Leyendo así en diagonal la biografía de Nietzsche, sentencio que uno debería procurarse una vida digna de ser recopilada en unos cuantos cuadernillos. Que lo consiga o no ya es otra cosa, pero en el intento –y nunca mejor dicho porque el final siempre es el mismo- habría que morir.

Miren, les pondré algún que otro ejemplo de lo que debe ser una biografía de pro, porque si no hacen algo por mejorarlo, sus vidas se pueden resumir en medio folio y además de triste, es insultante, ya que como en principio solo disponemos de una, no la deberíamos desperdiciar con vulgaridades y perezas. Hagan un ejercicio mínimo e imaginen lo que a día de hoy sería su biografía en el caso de (la salud no lo quiera) perecer.

Siguiendo con las hazañas del pensador alemán y tomándolo como referencia para nuestra futura entrada en la Wikipedia, hay 3 o 4 puntos que no podemos desestimar:

-          Desamores y aventuras sentimentales.
-          Trastornos psicológicos.
-          Algún tipo de legado intelectual.
-          Desplazamientos internacionales.

Si no reúnen estas cuatro características en sus hazañas bélicas, pueden darse por seres anodinos sin interés alguno para las generaciones venideras. Así de crudamente se lo digo.
Nietzsche –por nombrar al que tengo en mente ahora mismo- era un desequilibrado que pasó sus días y más sus noches, luchando entre el ferviente catolicismo de sus progenitores y el paganismo al que se adhirió para exculpar sus pecados. Una de sus jóvenes amantes (amantes es un decir, ya que lo que más recibía por parte de las damas eran calabazas) lo fue también de Freud y Rilke. Ahí es nada. Viajó y se instaló en varias ciudades europeas. Fue íntimo amigo de Wagner hasta que la composición -por éste- de Parsifal le puso de los nervios y partieron peras. Tuvo episodios de ceguera, terribles migrañas y temporadas de paralizantes dolores estomacales. Escribió obras tan influyentes como “Así habló Zaratustra” y acabó sus días loco de atar, sin que se haya podido especificar el motivo de su muerte, barajando la sífilis o un cáncer cerebral.

A pesar de haberme dejado infinidad de detalles que les dejarían boquiabiertos, imagino que podrán hacerse una vaga idea de lo que quise decir más arriba, con lo de procurarse una historia suculenta. ¿Lo pillan?

Y si no son capaces de levantarse de la silla y prefieren seguir viviendo de ilusiones asesinadas por la cobardía, al menos cojan una hoja en blanco, pongan a trabajar su sesera y escriban en ella una frase tan flamante, lapidaria e impactante como la del susodicho:

¡Dios ha muerto!

PD: Pero ustedes no... 

martes, 24 de julio de 2018

En busca del sabor perdido




Mientras miraba fijamente la pantalla con la hoja en blanco para cazar una idea al vuelo sobre la que escribir, me han entrado unas irrefrenables ganas de comerme un caramelo de menta (acción que llevo a cabo unas veinte veces al día) sólo que hoy –en seguida me ha venido a la mente- se me habían acabado. Dado que sin ese sabor extra fuerte en mi paladar  no se dan las conexiones necesarias entre hemisferios para crear, he llevado a cabo una batida exhaustiva por la casa en busca del dulce refrescante que me condujera a escribir algo digno de un primer post. Agujeros en bolsos, cajones, estanterías, botiquín, bolsillos, baúles… He vuelto al despacho sin rastro de golosina, con un abanico perdido veranos ha, once euros en monedas, una pulsera que le robé a mi madre, tres ibuprofenos sueltos y varios mecheros multicolor.
Con esta interesante anécdota me he dado cuenta de que el hecho de buscar algo, por muy abstracto que sea, puede no conducirnos a encontrar lo ansiado, pero seguro que en el camino nos sorprendemos con elementos, historias, personajes, sensaciones o cuerpos, que sin pretenderlo, nos van a aportar mucho más que aquello por lo que iniciamos el rastreo.

Moraleja: Salgan a la búsqueda de cualquier asunto, que lo de menos, va a ser encontrarlo.