lunes, 27 de mayo de 2019

La huida secreta de las palabras


Cuando entro en modo decepción -que no es tristeza ni desgarro, solo vacío cósmico- y necesito llorar por una mera cuestión de desahogo mental, habida cuenta de que no tengo motivo alguno para la tristeza, echo mano de una peli que salvaría de un incendio y me llevaría a una isla desierta, y que compré porque es más obra maestra de lo que pueda parecer y porque con ella expulso más mocos que con el Flumil.

Sé que por más que la visione su lado amargo no cambiará, y que me hundiré entre cojines al terminar, con la sonrisa de Tim Robbins flotando en la ficción y contradictoriamente satisfecha de tener una vida muchísimo más placentera que la de cientos de millones de personas. Es decir, la catarsis consiste en observar el horror ajeno para percatarme de lo bueno que poseo y que en ocasiones, no valoro, o mejor dicho, no absorbo.

El vértigo de la decepción (de una decepción global, de nada en concreto, de crisis pasajeras en las que huyes de no sabes qué o quién, en esas que esperas tanto y te parece recibir migajas) dura en realidad el tiempo que cada uno le quiera otorgar, y la voluntad de ponerse en pie y activar eso de a otra cosa, mariposa –siempre y cuando la mente esté sana- depende exclusivamente de uno mismo.
En ocasiones –puede que sea algo intrínseco al ser humano- nos deleitamos en el hundimiento como si la contemplación del Titanic en vertical, compensara todas esas risas y poses que ofrecemos, y escuchar una y otra vez If you leave me now, nos calma la ansiedad, o el ego, o la incertidumbre, o ese pedazo de soledad que a lustros –o a ratos- asoma por el gaznate.

Estamos compuestos de pequeñas necesidades que debemos ir cubriendo, de agujeros que se van formando en la dermis y que requieren de retales, chapuza y remiendo. De millones de átomos con distintas carencias, de partículas que huyen, que añoran, que espían, que esperan, que vuelan, que menguan. Estamos hechos en esencia de pasiones y entusiasmos, de pura fuerza que nos ancla a la tierra y nos impide salir en órbita, de afecciones y defectos especiales, de altibajos y motivaciones.

Así que cuando llega el modo decepción, como llega el hambre, la sed o la inquietud, uno debe tener a mano aquellas herramientas que le permitan regocijarse en la melancolía, como si se tratara de abrir la escotilla de un batiscafo escondido bajo la cama, y explorar sus profundidades con la mayor y más agradecida naturalidad.


Snif. 

martes, 14 de mayo de 2019

¿Qué fue de Baby Jane? (que se quedó colgada)






Supongo que os habrá pasado en más de una ocasión eso de adentrarse mentalmente en una noche estrellada e intentar averiguar con nuestro minúsculo cerebro, cómo es posible lo del universo, el infinito, la nada (o el todo) y el estar flotando adheridos a un globo suspendido, con el único fin de cumplir con el efímero rol de la existencia. Y supongo también que habéis llegado a ese momento en el que parece que vais a traspasar una delgada línea que nos separa de la cordura y que, o bien por miedo a caer en un viaje sin retorno o bien porque no damos más de sí, habéis vuelto a lo terrenal dejando la astrofísica a mentes más capaces y buscando una estrella fugaz, que es más reconfortante.

Se me ha ocurrido esto a raíz de leer un artículo sobre la parte negativa de la meditación, a la cual no soy dada porque mi ansiedad y mis prisas no me lo permiten. Aunque la definición exacta de meditar nos lleva exclusivamente al pensar atenta y detenidamente sobre algo, el texto (y yo en este post) se refiere a esa reflexión intimista sobre algún tema espiritual o trascendental.

En mis épocas de máxima angustia vital, he probado métodos varios (legales en su totalidad) para adentrarme en mi yo más interior, aspirando a apretar tornillos, reparar grietas, eliminar residuos y ampliar espacios, con un resultado en cada uno de ellos que rozaba el desastre, el caos y la desesperación. Es decir, siempre ha sido peor el remedio que la enfermedad.  

Sigo en Instagram a una chica de Indonesia, que se pasa el día y parte de la noche meditando; lo hace en la arena, sobre las rocas, en lo alto de las palmeras, de los volcanes, bajo el agua, entre el bambú y sentada en sus coloridos tatamis. La sigo porque realmente me transmite buen rollo y envidia (y porque en un comentario me dijo que tenía -yo mismamente- una mirada very nice).  Pero tras leer el informe estoy tentada a detallarle los riesgos de tanta iluminación introspectiva: las altas posibilidades de quedarse colgada de una flor de frangipani, desconectar de la realidad eternamente, experimentar sensaciones desagradables y distorsionadas, y convertirse en una persona que para tomar cualquier tipo de decisión (aunque sea tan nimia como la de qué hacer de cena) tiene primero que retirarse a un lugar solitario y en armonía con la naturaleza, para reflexionar y devanarse los sesos.

Todo ello es lo que concluye el estudio para una cuarta parte de los dados a la meditación, así que ante la duda de en qué porcentaje encajar, y dado que funciono a base de impulsos y poco razonamiento, voy a seguir con mi actitud sin dejar de advertirles sobre las consecuencias del darle en demasía al tarro e intentar averiguar de dónde venimos y cuál es el absurdo propósito de nuestra existencia.

Y si contemplan una noche estrellada, limítense a pedir un deseo realizable si ven un meteoro fugaz y a dar por hecho que el infinito termina allí donde sus ojos... no pueden llegar.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Lecciones espirituales para jóvenes (no) samuráis




Hace unos cuantos años, en una de esas noches en las que la imaginación no me dejaba dormir,  me conecté a internet y empecé a deambular de un sitio a otro sin buscar nada en concreto. Apareció un anuncio de una revista literaria que convocaba un concurso de relato corto que me llamó la atención: “Una imagen en 1000 palabras”. Podías optar entre dos fotografías, y la segunda, en blanco y negro, se me quedó observando como queriendo sacar de mi mente una historia escondida. No pensé. No permití que como de costumbre las ideas se mezclaran con el humo de mis cigarrillos, no perdí la mirada en la pared de enfrente, ni eché mano de párrafos antiguos sin acabar. Simplemente salió. Tacatacatacatá. Una primera palabra,  la siguiente, dos docenas, trescientas más. Tacatacatacatá. Y mil.

No lo repasé. Me oculté tras el seudónimo de Yukio Mishima y lo envié.

Había leído muchas de las novelas del autor japonés, me fascinaba su vida y su tormento, y entonces creía, puede que por culpa de él, de Pessoa, de Bukowski, de Poe o de Orwell, que para escribir de putísima madre, tenía uno que sufrir a jirones, y aunque mi mente siempre me jugó malas pasadas desde niña, no me consideraba una tipa amargada o afligida, con lo cual estaba convencida de que siendo relativamente feliz, no me iba a alzar con gloria alguna (artísticamente hablando)

Al cabo de unas semanas, recibí una llamada de la organización del premio en la que me comunicaban que era uno de los tres finalistas y que el veredicto se radiaría en directo por no recuerdo ahora qué emisora, tal día a tal hora. Así que cuando llegó el momento sintonicé la radio, me senté con Pati en el sofá y respiré todo lo hondo que mi diafragma me permitió.

Anunciaron el tercero. No era yo. Tacatacatacatá. Y dijeron el nombre del segundo. Que tampoco era yo. Tacatacatacatá. Yukio Mishima se alzó con el galardón. Y grité y saltamos y me entrevistaron y lo agradecí.

Y días más tarde, incluso en este mismo momento, unos cuentos años después, me di cuenta de que lo mejor que nos puede pasar no ha de ser premeditado, que la satisfacción más plena se puede condensar en 2 o 3 minutos de alborozo, que no hay que buscar pero sí tener los ojos al acecho de las oportunidades, y que, de esto estoy completamente segura, ese atormentado escritor japonés, me envió un guiño clandestino tras su seppuku para que supiera que no es necesario el martirio para la creación, ni para nada.


Solo quería recordármelo a mí misma y en voz alta. Tacatacatacatá. 

martes, 7 de mayo de 2019

¡Mamma mía! (con admiración)






El pasado domingo, día de la madre, ha dejado una polémica que no acabo de entender. O sí que lo entiendo cuando la costumbre de moda es polemizar por absolutamente todo lo que se mueva. Parece ser que ahora el ser una buena madre, es un escándalo y si llevas a cabo una serie de roles tales como cambiar pañales, pasarte la noche en vela con las fiebres, cocinar para tus hijos, secarles el pelo, recogerlos en el cole para llevarlos al parque, ayudarles con los deberes y, en resumidas cuentas, dedicarte a ellos, eres retrograda y menos feminista que Torrente.  

La campaña publicitaria que tantísimo ha ofendido, ha sido la de El Corte Inglés, en la que se ve a una mujer tras el lema: “97% Entregada – 3% egoísmo – 0% quejas – 100% Madre” y las acusaciones vertidas por ciertos colectivos y partidos políticos, aluden a un estereotipo patriarcal que somete a la mujer a un papel de madre por encima del resto de funciones de una mujer.

Y a mí todos estos modismos exagerados e histéricos, me empiezan a recordar a aquellos espías de la censura que veían en un vestido rojo una clara insinuación a la lujuria.

En primer lugar quiero dejar muy claro que estoy hablando de “madres” sin comparación alguna con “padres”, y hablo de madres humanas, ni conejas, ni leonas, ni jirafas, ni marcianas. Una madre de nuestra especie que echando un polvo, o por inseminación o adopción, decide tener un hijo o hija. En ese mismo momento asume una responsabilidad y un compromiso, moral, ético y recogido por ley en el código civil como “Responsabilidad parental” debiendo cuidar al hijo, convivir con él, darle alimentos, cuidarlo, procurarle una educación, respetar sus derechos, orientarlo, guiarlo y facilitar su relación con familiares y amigos.

Además de todo esto existe algo tan difícil de delimitar y medir como el instinto maternal, que surge en algún rincón de no sé dónde, como el enamoramiento o cualquier otro sentimiento, pero en este caso multiplicado por Pi. Es así, sale de dentro aquí y en la conchinchina.

Obviamente una puede decidir pasar olímpicamente de los hijos, dejarlos al cuidado de otra persona, priorizar cualquier otra labor, dejarles tiques del McDonald’s para su alimentación y verlos un rato por la noche cuando ya duermen y ha terminado sus quehaceres diarios. Puede, claro, pero que no les engañen los movimientos contra natura, esos que si ven un oso polar haciendo arrumacos a su cachorro rompen a llorar, y si ven a una madre (insisto, humana) limpiándole los mocos a su hijo, ponen el grito en el cielo porque está sometida, humillada e inmersa en una sociedad machista. No quiero ni pensar lo que dirían si aparece en uno de esos anuncios una mami haciendo magdalenas, tortilla de patatas, salir del trabajo cagando leches para llevar a la cría a urgencias, coserle el nombre en la bata del cole, pasarse la noche consolando un desamor, o recoger a los hijos ya adultos cuando no pueden con la hipoteca, la pareja o la vida.

¿Qué todo eso lo puede hacer un padre? Por supuesto, si lo hay. Pero ya les dije, hablo de madres, y en cualquier cultura (puede que incluso en Marte) apartando esas excepciones que confirman la regla, una buena madre, desde el punto de vista no de la sociedad o la publicidad, sino desde el del hijo, es aquella que se entrega, que está, que se siente y que cuando falta, la echas de menos cada día del resto de tu existencia.

Yo he tenido –y tengo y que me dure- la suerte de  contar con una madre así, y serlo también desde hace ya veinte años, con orgullo, con naturalidad y sintiendo en el alma que haya tanto amargado por el mundo sin más quehacer que dar por culo en cualquier celebración.

PD. Si no opina lo mismo hay varias opciones: 1. No tenga hijos 2. Delo en adopción que seguro que habrá quien quiera amarlos como es debido.

jueves, 25 de abril de 2019

Ovoidal y caballero (de debates y fantasmas)






No sé a qué es debido, pero últimamente en mis ensoñaciones de sobremesa, tiendo a encontrarme como antaño con caballeros de la Edad de Oro. Quisiera creer que no son más que adormecimientos pero, los descuidos físicos de los hidalgos, tales como casacas, bocamangas, golillas, espadas, valonas y birretes –que prestamente empeño a anticuarios boquiabiertos- me hacen dudar. De todas maneras, y se trate de alucinaciones debidas a mis lecturas o a visitas del más allá que deambulan por el más acá, siempre intento sacar algún aprendizaje del parloteo y la garla.

Y así fue como ayer en posición horizontal y mientras de fondo cuatro mequetrefes se jugaban el futuro de la nación a base de profecías,  aparece a mis pies Don Diego Hurtado de Mendoza, poeta y diplomático,  hijo del General Gran Tendilla y embajador en la corte de Enrique VIII, después en Venecia, Roma, gobernador de Siena, desterrado a Granada para combatir a los moriscos, y fallecido por una pierna gangrenada en 1575 (de ahí el tremendo porrazo que se metió al bajar las escaleras de caracol)

Poco conocía de su existencia, aunque pude reconocerlo por su gran belleza, inusual en los tiempos en los que vivió. No me asusté, debido a la costumbre y prestamente me dispuse a someterle a un interrogatorio por si era capaz de disipar algunas perplejidades que me aturden (políticamente hablando, que las otras no hay Dios que las resuelva)  

-          Usted dirá qué requiere, don Hurtado, y a dónde va tan armado
-          Mi alma es campo de batalla y  sospechas andan por trocalla
-          ¿Se debe acaso a los debates que se asemejan a combates?
-          No comprendo cómo estos políticos no les provocan cólicos nefríticos
-          ¿Acaso la política no era en sus tiempos mefítica?
-          En el siglo dieciséis la costumbre era remedio de males, y digo yo que sean veinte o solo seis, la cosa es justo al revés, y los hace más mortales
-          No pillo lo de costumbre, le ruego que bien me alumbre
-          Se me antojan como pueblo muy medrosos y apocados, siendo a diario abordados, desplumados y adobados
-          ¿Adobados?
-          Alelados
-          ¿Ninguno le da confianza con templanza y sin holganza?
-           Tú fías en su mudanza, y ella misma te condena, pues un punto de esperanza te cuesta un siglo de pena.
-          ¡No voy a votar en blanco, antes me lanzo al barranco!
-          Quien pone su confianza en voluntad ajena, ni en pena espere mudanza, ni tema en mudanza pena.
-          ¡Qué chanza con la mudanza!
-          Pudiera llamarlo cambio mas solo rima recambio, queda mejor la mudanza que si es buena, siempre avanza
-          Total que me deja igual, con panorama banal y posible hernia discal
-          Yo de usted no he abusado, ni siquiera me he acercado
-          Se ha sentado en mi rodilla pudiendo hacerlo en la silla
-          Le voy a dar un consejo, a ver si así la despejo, vote usted con corazón que es mejor que la razón. 

lunes, 8 de abril de 2019

La conjura de los necios





Habitualmente cuando leo o me comentan alguna de las perlas lanzadas por autoridades eclesiásticas, o bien paso olímpicamente o me río por lo alarmantemente mal que están de la cabeza. Pero el problema que le veo al asunto de sus mensajes, es que -aunque parezca mentira que en pleno siglo XXI haya gente que les siga- tienen millones de fieles ovejas en todo el mundo que pueden llegar a creer sus amenazantes calumnias.

Me temo que si viviéramos en la época de la Inquisición, toda esta pandilla de enfermos serían más felices que un testigo de Jehová en una fábrica de timbres, porque tanto orgullo gay, tanta feminista, tanto divorcio y tanto pajeo libertino, los saca completamente de sus casillas.

Para muestra las últimas declaraciones del obispo Munilla en su espacio radiofónico, donde el prelado superior alecciona sobre lo que debe ser el feminismo “sano” y lo satánico que resulta reivindicar el aborto, el lesbianismo o el amor libre. Pero lo que más me ha llamado la atención, a modo de “qué cojones sabe este tipo de sexo” es su condena absoluta a la masturbación, con una frase tan demoledora como esta: “Es violencia sobre el cuerpo, porque pretende arrancarle el placer, sin vivir a cambio la verdad  del amor que le da sentido”. Y si nos acercamos a la web Info Católica para saber lo que al respecto se manifiesta, nos encontramos con la siguiente sentencia: “La masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado”

Personalmente me la repampinfla todo lo que venga dictado por esta secta, aunque me molesta o más bien me preocupa, que todavía sigan amedrantando a niños y jóvenes, haciéndoles creer que conocer y disfrutar de su cuerpo, les va a llevar directos al infierno o lo que es peor, a los cursos que la Iglesia ofrece para tales caos mentales, como el de “curar” la homosexualidad que ofrece el obispo de Alcalá, avalado por toda una CEE (Conferencia Episcopal Española)

Tal vez algún católico practicante se pueda sentir ofendido por mis palabras, pero más me siento yo cuando un grupo de hombres que si se la cascan es a base de pedofilia, agarran todos los micrófonos que siguen teniendo a su disposición en un país aconfesional y de Estado laico, para calificar de abominable lo que la comunidad científica y médica asegura que es beneficioso para el cuerpo y la mente.

Si uno es ateo convencido como yo y observa a esta comunidad religiosa como un grupo de entes que sí deberían acudir a cursillos para disfrutar más de lo terrenal (incluidos los genitales)  puede hacer oídos sordos a sus homilías (aunque toda la prensa las recoja) pero ¿y si es un creyente de pro y cae en sus redes sugestionado por el pecado, el miedo y la culpabilidad?

martes, 2 de abril de 2019

Infiltrados (en la página 6)



Desde hace unas semanas, prácticamente desde que empezó la liga de la que os voy a hablar, los martes, en el suplemento de fútbol catalán que sale en el diario Sport, aparecen las clasificaciones y resultados de los equipos de 2ª femeninos, en una sección titulada: DONES. Y cada martes alguno de los padres (o madres) de las jugadoras del grupo de mi hija, mira la noticia. Pues bien, no ha habido una santa semana en la que hayan acertado un puto resultado. Y lo que es peor, aparecen equipos que ni existen, omiten otros tantos y en la clasificación general no atinan ni por casualidad. Desde meses ha, el primer lugar se lo otorgan al Vilassar, contra el que personalmente no tengo nada, pero es que no está en nuestra competición. El Zaragoza, que sí que va primero, brilla por su ausencia, y algún que otro club de Mallorca, ha desaparecido.

Podría entender que un día, el lumbreras que vuelca la información, tenga un lapsus y cambie un resultado, pero que en cada jornada ponga exactamente lo que le salga de los huevos, o lo que sueñe esa noche, o lo que quisiera que sucediera (porque empiezo a pensar que el susodicho reside en el Maresme) no me parece serio para un diario que habla exclusivamente de deporte.

Así que esta mañana he llamado a la redacción (conste que no es por orgullo de madre porque vamos penúltimas, que por cierto eso sí que se refleja claramente) y me ha atendido una muchacha superlativamente simpática, pero con menos luces que un barco pirata. Le he explicado el sucedido y su primera sorpresa ha sido que publicaban un suplemento: ¿¡Publicamos un suplemento!? (ya ahí he empezado a aclarar dudas), la segunda que una vez descubierto, no encontraba nada referente a la liga femenina.

 -“DONES” pone, página 6, abajo a la derecha- le digo ya ni contrariada ni afectada. 
- ¡Ahhhh siiiií! Ya lo veo –me contesta jovial- ¿Así que dices que no es correcta la clasificación?
- Totalmente inventada
- Pero Vilassar es un pueblo del Maresme
- Sí, y Kirovogrado uno de Ucrania,  pero no juega en esta liga

Total, que me ha prometido que pasa la queja al responsable y que la próxima semana estará todo arreglado y mega cuqui.

…Pero me ha dado por pensar que mira que si todo lo que sale en la prensa funciona así…



domingo, 31 de marzo de 2019

Grandes esperanzas (grandísimas, más bien)




No diré quién ni cuándo, pero conozco a más de una persona que está inscrita en alguna web para encontrar pareja. Hace años, muchos, cuando todo esto empezó, yo misma me lancé a la aventura, con un sinfín de paupérrimas anécdotas que algún día relataré. Y es que para tal hazaña, habría que impartir previamente algún cursillo o prestar atención a mis sabios consejos.   

Lo primero que se necesita, aunque a priori parezca que carece de importancia, es un seudónimo llamativo pero lo justo, ya que solo con leer el nombre una (les voy a hablar siempre desde la perspectiva de mujer busca hombre) se puede echar atrás. Los diminutivos juguetones del tipo “pequeño pero matón” o “pitufo feliz” o “elfo del bosque encantado” delatan deficiencias que no ayudan a la curiosidad, por lo que recomiendo un nick que como mínimo reúna misterio sin demasía. Un tipo elevadamente cabalístico “el conde las tinieblas” “pupilas dilatadas” o “soy de Saturno” alejarán a la dama si ésta tiene dos dedos de frente. Elijan algo que se delimite por la normalidad e inspire ternura sin cursilería. No a “Tocinillo de cielo”, no a “Coulant con secreto caliente” no a “Leche condensada a mansalva”. Si usted se llama, por ejemplo, Alberto, sea simplemente Alberto1965, o Abt65. Sencillo, sincero, con las pistas justas y al siguiente paso que es buscar una buena foto de presentación.

Evite, de corazón se lo digo, todos aquellos selfies tan cercanos y con tal perspectiva que hacen que su nariz toque la pantalla y hasta se descubra un moco; si se le han cerrado los ojos por el flash, se ve al fondo la tapa del váter levantada, pretende imitar al chico Martini o poner morritos como si se estuviera sacando un trozo de chorizo de una muela, repita la instantánea hasta que parezca un ser de este planeta que quiere encontrar pareja y no uno dispuesto a ganar un concurso de frikis. No salga medio desnudo tirado en el sofá, usted no se parece al musculitos de la Coca Cola, y a lo más que se asemeja es al haber caído desde una avioneta haciendo tirabuzones.

Si el fondo es un yate, que sea el suyo, y si lo que ha alquilado es un patín o va en la golondrina del puerto, casi mejor que vuelva al sofá o se haga la foto allí donde de verdad pase su tiempo, ora la oficina, ora en la cocina delante del jamón. No guiñe el ojo, no se haga el gracioso sacando la lengua, no haga muecas para aparentar ser un tipo divertido, parece gilipollas y pasarán al siguiente perfil no sin antes lanzarle improperios varios.

Bien, supongamos que ya es Abt65 y tiene una foto vestidito de calle, que siendo más guapo o más feo, a algunas puede agradar. Vamos a resumir en unas frases lo que le gusta, a qué se dedica y qué es lo que busca.

En el 95% de los casos, lo que más hacen los hombres en este país (según sus preferencias en estas webs) es: 1. Viajar 2. Navegar 3. Leer 4. Reuniones sociales. O sea, mentir. Y si miente de entrada llegará un momento en el que frente a frente, en una primera cita, le pregunten qué países ha visitado, qué tipo de embarcación tiene, cuáles son sus autores preferidos y qué tal es su grupo de amigos. A lo que se verá obligado a responder que no ha salido de la comarca, la zodiac es de un amigo de su ex mujer, lee el Marca y cada domingo ve el partido en el bar de la esquina con los del barrio.

En serio, si su vida es monótona, dígalo. Precisamente está ahí para cambiarla, no pasa nada por escribir que le gusta el fútbol, que está del trabajo hasta los huevos, que qué va a leer si llega reventado y que no tiene grupo de amigos algunos porque todos se posicionaron al lado de su ex. La naturalidad le va a dar puntos y el fantasmeo más tarde o más temprano, se los quitará.

No hable de sexo en su descripción; no necesitamos saber si la tiene pequeña o a lo Rocco. Si nos interesa usted, ya lo descubriremos. No pregunte si les gusta chuparla o practican el sexo anal. Ni cuente cuánto le dura dura, ni que es un salvaje en la cama. Su historial sexual hasta el momento importa menos que el clínico. Sea prudente, educado y no se deje llevar por el impulso testicular.
Omita el victimismo. No hay nada más penoso que una persona lloriqueando por lo mal que le ha ido en el amor y lo terrible que lo pasó con sus doce anteriores parejas, encontrando amantes en el armario, bajo la cama y hasta en su furgoneta de reparto; está usted en una página de citas, no en la consulta del psicoanalista. Si tiene ganas de llorar, busque una madre.

Una vez tenga una descripción de su manera de ser, sin copiar lo que su horóscopo dice de su personalidad, marque las casillas dispuestas para su pesquisa, lo más acercadas a su prototipo. No espere a que le escriba alguna a la que le tenga que decir que no le gustan 30 años mayores y con bisnietos; indíquelo que para eso está el cuestionario.

Acepte que usted no encaja en ciertas búsquedas ajenas. Si piden de más de 1,80 m. con pelo, licenciados y de raza negra, no insista en que hace de Baltasar en la cabalgata, ni que en la mili medía 5 cm más, ni que melena tuvo en aquel entonces. Confíe en que existirá una mujer a la que enamorar, y no acose a flechazos que no harán  más que menguar su autoestima y propiciar su expulsión de la red por plasta.

Y por favor, si llega a quedar porque parece que lo expuesto ha llamado la atención de alguna candidata, y esa misma mañana ha tenido un cólico nefrítico, no le diga a media cena ilusionándola vilmente: “Mira, te he traído un regalo” y que en el interior de un envoltorio plateado, aparezca una pedrusco vano y opaco que horas antes ha sido expulsado por la punta de su polla, que por muy grande o pequeña que usted la tenga, va a ser lo de menos. 

viernes, 22 de marzo de 2019

el olor de la papada hiede



No me cansaré de repetir que la realidad supera con creces la ficción en todos los campos y que no somos capaces de imaginar cómo nos pueden sorprender diariamente noticias casi increíbles.

Cuando hace unos días escuché que la UE se estaba planteando crear un impuesto para las ventosidades de las vacas, di dos pasos atrás (estaba en ese momento acercándome a los ojos de una de mis viñetas) para mirar de refilón el televisor y prestar atención a lo que creía haber oído con distorsión.  Puse manos a las búsquedas y me encontré que las susodichas no son solo apestosas, sino que suponen un 15%  de los gases efecto invernadero que se emiten anualmente, y las flatulencias diarias de una vaca, equivalen a 300 litros de metano (gas por otro lado incoloro e inodoro, por lo que retiro lo de apestoso) Digo yo que el gravar al ganado con una tasa, no evitará que cualquier día explotemos todos por culpa de un bovino con dispepsia abdominal, y tal vez deberían centrarse más en el tipo de alimentación o en transformar ese gas noble en comida (también he encontrado un artículo sobre el emprendimiento de tal hazaña), pero yendo de una cosa a la otra y en vista de que las pedorretas vacunas no daban más de sí, me he entretenido en encontrar impuestos curiosos que sufren algunos ciudadanos del mundo.

En Japón, por ejemplo, se propuso crear un tributo para los solteros agraciados físicamente, rebajándolo a los cayos malayos y dividiendo así  a los cotizantes en 4 categorías: Guapos, normales, feos y muy feos. La objetividad del jurado la desconozco, pero imagino a una gran parte de la población masculina realizándose operaciones estéticas a la inversa o rezando para tener un hijo malencarado.

En Austria y más concretamente en sus poblaciones dadas al esquí y la afluencia de turistas amantes de la nieve, implantaron una tasa a todos aquellos que se dieran de bruces contra un abeto y necesitaran de una inmovilización de yeso para su fractura ósea. Era tal el registro de inútiles bajando en eslalon por el Tirol Oriental, que el gasto en escayola del gobierno no daba ni para una tarta Sacher.

En Corea del Sur a todo aquel que se realice una operación de estética innecesaria (así como la del japonés guapo de más arriba) tendrá que sumar un buen pico a la factura, ya que una simple malformación de napia u orejas, no son consideradas imprescindibles y sí un síntoma de vanidad y altanería (esto es cosa mía)

Resumiendo, que si es usted propietario de una vaca, guapo a rabiar, un patoso esquiador o tiene unas patas de gallo que le llegan a la nuca, vigile donde reside o pida asilo político en una nación de mínimas contribuciones, tribulaciones y por supuesto, emanaciones.

miércoles, 20 de marzo de 2019

El submarino (mental)




Hace unos días vi un documental sobre el submundo marino, el de más profundidad, donde la luz del sol no llega ni llegará. No os podéis imaginar el tipo de sociedad que se da allí abajo, donde cada uno tiene su función y nada pasa por azar.   Una organización vital perfecta en la que el cometido no es otro que el de vivir y sobrevivir. Si ocurre alguna mutación se debe en exclusiva a la mano del ser humano, pero afortunadamente es difícil que nuestro caos y afán de destrucción llegue a sus tinieblas. Si prácticamente la totalidad de nosotros desconocemos esa vida, qué no ignoraremos de otras existencias más allá del universo. Pero ese es otro tema del que no he venido a hablar.

Cada especie animal, incluida la nuestra por muy racionales que nos creamos, tiene una única representación en la naturaleza, y me da la sensación de que el hombre, se la está saltando a la torera. Si echamos un vistazo a las pocas tribus indígenas que quedan en la actualidad, nos podemos dar cuenta de lo terriblemente absurdo que hemos convertido nuestro paso por el planeta los del primer mundo, cuando nuestro cometido no es otro que obedecer, caminar por la línea que nos han trazado y seguir desde el momento en el que vemos la luz, todas las normas establecidas. Guardería a los pocos meses, estudios hasta los veinte, entrada en el mundo laboral, jubilación cuando te duelen hasta las pestañas y a lo sumo un par de días a la semana de aparente júbilo para, en el mejor de los casos distraerte y en el peor, quedarte aplatanado en el sofá porque no puedes con tu alma. Todo son contratos de uno u otro tipo sobre los que nadie te pidió conformidad; compromisos, ataduras, cuadrículas y un horario que cumplir. Al son del dictado avanzamos sin ápice de libertad, encontrando la felicidad en un mensaje social si llega, la risa en un programa de televisión absurdo, la angustia en cada noticia y una ansiedad generalizada que nos está convirtiendo en una humanidad apresurada, amargada, temerosa e infinitamente alejada de nuestra misión natural.

Yo no voy a ser la que salte del carrusel, llego tarde a la liberación, pero sueño con vivir en ese submundo marino, por poca luz que tenga  (o en algún otro sistema solar del que no he venido a hablar) en el que dejarse llevar por lo que suceda, en el que flotar sin una dirección trazada, donde la desnudez interior prime y las directrices las marque tu esencia nativa, nadando a corriente porque la contra no exista, y pasándote las tardes tranquilo y sin ambición, no haciendo nada más que ese suave y casi imperceptible: Glu, glu, glu…

jueves, 14 de marzo de 2019

¡Hay que ver cómo está el servicio!




Tú te levantas una mañana dicharachero y convencido de que puede ser un gran día, sin grandes expectativas, solo procurarte una jornada sin altercados, malas noticias, ni alteraciones.  Pero si uno de los factores de los que depende va relacionado con lo que te encuentras tras un mostrador, las posibilidades de triunfo, son menos que las de Pablito Casado en el Día del Orgullo Gay.

Reconozco que me gusta que me traten bien, sin necesidad de superlativos, simplemente con corrección y amabilidad, y para eso escojo un bar, una oficina bancaria, una panadería o un bazar.
Podría relatar cientos de anécdotas en las que se me han hinchado los ovarios con quien me atiende, como la dependienta del estanco al que cada mañana, truene o achicharre, acudo como un clavo obteniendo la misma respuesta diaria al adquirir mi paquete de Winston: “Ay, Gemma, que te vas a morir”… Y claro, un día, de esos en los que me levanté con la premonición de enfrentamientos, le solté: Y tú también, Margarita, también te vas a morir, aunque no fumes te puede atropellar un tractor, o darte un jamacuco por falta de tacto, o caerte un rayo, o asfixiarte con un hueso de pollo, o electrocutarte con la tostadora, o morirte de hambre si todos tus clientes dejan el vicio. Así que ahora me saluda de lejos y deja que me atienda el abuelo, con el que ya tuve una trifulca en la última huelga independentista (le amenacé con no volver si cerraba por la mañana)

O cuando en aquella comida de amigas, no hace mucho, pedí un flan casero de postre (ya contaba con que por “casero” entienden de polvo) y me lo trajeron cubierto de nata. -Perdona- le dije de entrada con firmeza pero educación – ¿Me podrías traer otro sin nata, es que soy alérgica?- (mentí) –No, el flan lo servimos así - -Lo serviréis así, pero no lo indica en la carta, pone “flan casero” sin adornos- - Pues viene con nata- -Ya me he percatado del suplemento, pero lo quiero sin- -Pues va a ser que no- - Pues dile a tu jefe o jefa que salga un momentito- -No está ni se le espera- -Pues con jefe o sin él ya verás cómo me vas a traer un flan sin nata o nos tiramos aquí toda la tarde plato va plato viene- Y me lo trajo. Y obviamente no me lo comí por miedo a que tuviera un lapo complementario.

Pero esta misma mañana, cuando después de una grata visita al Inem donde he sido atendida por una mezcla de Margaret Thatcher y Srta Rottemeier, me he sentado en la terraza de un bar para olvidar el percance; en vista de que nadie acudía a recibirme (siendo la única clienta) me adentro en el desértico bar y me encuentro a dos pipiolas con mandil que charlaban animadamente sobre a quién deberían expulsar de GH. Sin perder la calma y con la mejor de mis sonrisas falsas (tengo repertorio) interrumpo el traje que le estaban haciendo a Paquirrín, para pedirles un descafeinado con hielo a la intemperie. Me siento, enciendo un cigarro, abro el Facebook, comento a Juanjo, leo a Buades, busco a Bebec, le doy 20 likes a José Luis, contesto a los 30 wasaps de mis hermanas, enciendo otro pitillo, elimino a 2 que no me dicen ni mú y me percato de que las muchachas siguen inmersas en la filosofía y, calculando así por encima lo que se tarda en apretar el botón de la cafetera y sacar un cubito del congelador, me levanto y me voy a la terraza de al lado. Cuando aparece la del delantal, me busca perpleja y me indica que sus mesas son las otras, a lo que le contesto que ante la tardanza he cambiado de cafetal y que el servicio se lo reclame a Jorge Javier.

Conclusión: Serrat es un iluso.

lunes, 11 de marzo de 2019

Si yo fuera rica (dubi dubi dubi dú)



Esta mañana hablaban en la radio de ser rico. Pero rico de verdad, no pastoso o con un alto nivel de vida, no, no, de ricachón de los que pocos conocemos. Como ejemplo han contado que Johnny Deep se enamoró del Caribe cuando rodó lo de los piratas; tanto que al finalizar se compró una isla y al cuestionarle sobre la excentricidad, respondió que bueno, que sí, que era una isla, pero pequeña.

Como por riqueza algunos entienden otra cosa, uno de los tertulianos (que no puedo asegurar que fuera psicólogo aunque tenía toda la pinta) le daba al término un significado espiritual, entendiendo que un rico es aquel que puede gestionar su tiempo y dinero como más le venga en gana, aunque su cuenta bancaria esté en números rojos cada final de mes. Y comprendo a lo que se refería si nos agarramos a la sentencia de que el dinero no hace la felicidad, pero es que no se hablaba de eso, ni de si uno es más happy con 90 millones de euros o si es infeliz por no tener un Ferrari aparcado en la puerta de su mansión.

A ver, que idiotas no somos y a nadie le amarga un dulce, y personalmente he soñado cientos de veces con ser la ganadora del bote de la Primitiva y empezar a repartir entre familiares y amigos, montar una galería de arte (en París) y acudir a los estrenos de Woody Allen en el mismo Nueva York, y eso no quita que sea muy consciente de que sin salud, sin gente que te quiera y sin ilusiones, el parné no te vale para nada.

Pero arrojaban datos curiosos sobre los millonarios, como que apenas dedican horas a las redes sociales (entiendo que los que me seguís diariamente estáis más tiesos que la mojama), invierten muchas más horas semanales en el gimnasio y el cuidado personal (aseados sí os encuentro, en forma tengo mis dudas) y se alimentan de una manera más sana y correcta (eso de hacer una olla de lentejas para tres días, delata vuestra precaria economía)

En definitiva y sin poder llegar a una conclusión (ya que antes de que acabara el programa he llegado a casa con la compra y Fermín no existe para subirme las bolsas) sigo pensando que el ser rico debe ser la ostia y que puedo prometer y prometo, que de llegar a vivirlo en mis propias carnes alguna vez, seguiré dibujando cada dos días para vosotros, los pobres, y dándoos likes a todo aquello que desde vuestro prisma en la inopia, colguéis. Y eso sí, estaréis invitados a mi isla en el Caribe, siempre y cuando a Johnny no le importe.

PD: Espero que la riqueza no os quite la reciprocidad.

viernes, 1 de marzo de 2019

Resistiré (como el junco que siempre sigue en pie)







A ver "si en marzo mayea en mayo marcea" entonces si en febrero ha julieado ¿en julio febreará? 
(con esta interesante reflexión que les brindo, tengan ustedes un buen fin de semana)

martes, 26 de febrero de 2019

Vuelva usted mañana (o mejor, pasado)




O incluso dentro de una mes, porque resulta que durante ese tiempo -más o menos- he de dedicarme a la web y otros menesteres, y publicar lo mismo en cuatro sitios a la vez, me parece de lo más absurdo y/o cansino. Si hago un balance rápido de las redes de las que más beneficio obtengo, este blog arroja números rojos lo mires por donde lo observes, así que sin chapar el chiringuito y mientras dure la odisea del traspaso íntegro a mi página, os veréis obligados a, o bien prescindir de mi gracia artística innata o, a visitarme en face o insta. ¿No tenéis? Pues a tirar de web sin comentario alguno. 

Este adiós sí maquilla un hasta luego...