domingo, 3 de febrero de 2019

La sombrilla del diablo




Esta mañana -no recuerdo a cuento de qué y casi que mejor- me ha dado por pensar en las posesiones maléficas por parte de espíritus. Y me pregunto por qué siempre se trata de almas perversas, de niños que murieron en una casa con buhardilla, tarados que guardaban órganos humanos en el sótano, viejas que rodaron escaleras abajo en una silla de ruedas o demonios que babean en verde y convierten las cervicales en giros de 360 grados. A ver por qué no puede poseerte uno que haya pasado a la historia por sus bonanzas y afables hazañas. Que se adentre en tu cuerpo Nelson Mandela, que te invada la esencia de Gandhi, que en un soplo de aire frío te posea Mary Poppins. ¿A qué viene que tu niña esté viendo los Teletubbies en el televisor y le penetre por los ojos Charles Manson en vez de Laa-Laa o Po? ¿Dónde anda la sustancia etérea de Michael Landon corriendo por la pradera y llorando en cada puesta de sol, de Chanquete asando sardinas para los niños que silban en bicicleta o de Diana de Gales ofreciendo rosbif a los indigentes?

No entiendo que todos los espíritus que flotan en el ambiente y se han quedado en ese limbo a la espera de que resuelvas su asesinato, sean crueles y rencorosos, y que disfruten de lo lindo escondiéndose tras los ojos de una muñeca antigua, moviendo los columpios a las tantas de la madrugada o apareciendo al final de los pasillos andando a cuatro patas por el techo,  mientras que los bonachones que podrían poseerte con dulzura y sin aspavientos, estén tan anchos en las alturas viendo como los exorcistas se llenan los bolsillos y declaman en latín atándote a la cama y leyéndote pasajes de la Biblia a grito pelado.

Sin embargo, claro,  no me imagino a Jack Nicholson en El Resplandor  poseído por Gloria Fuertes, pasillo arriba pasillo abajo recitando “cada oveja con su pareja y cada pato con su pata”. Ni a Linda Blair en El exorcista, embrujada por Torrebruno cantando que tigres y leones quieren ser los campeones. Será que no acojona (o bueno, sí, pero de otra manera).

En fin, que si me han de poseer (y no puede ser en vida Russell Crowe) me pido a Jane Austen, Tamara de Lempicka o Doris Day, que miedo ya doy sin ánima posesiva alguna.

Vade retro, Satanás.


viernes, 1 de febrero de 2019

miércoles, 30 de enero de 2019

¿Liberté, égalité, fraternité?






Si hay un tema peliagudo y actual, sobre todo en las redes sociales, es el de la libertad de expresión. Cuando a uno le interesa, la defiende a capa y espada, cuando la libertad es del contrario, pone límites y pide penas. Y así nos enfrentamos al complicado y eterno conflicto de los unos y los otros.

Cuando se protege y apoya, lo primero que se debe asumir es que ha de valer para todos por igual, y si lo que se pretende es que lo que no gusta se censure, estamos hablando de todo lo contrario a la libertad.

Lo que se puede llegar a leer en Facebook, por poner un ejemplo de canal, es en ocasiones espeluznante, desde toreros, hasta ciclistas, violencia de género, animales, política, machismo, homofobia, artistas, y así hasta un sinfín de casos y patrones.

Lo que a ti te puede arrancar una carcajada, al de al lado le puede ofender y escandalizar; lo que a ti te hiere, a quien lo lanza lo desternilla de la risa.

Intento –no siempre lo consigo- andar con cuidado hablando de temas de los que por mi boca podrían salir barbaridades; reconozco que adolezco de radicalidad en ciertos asuntos (lógicamente tengo mis principios e ideales), pero, siendo partidaria de que cada cual exprese lo que se le antoje, a lo más que llego es a dejar de leerlo o escucharlo si me parece grosero o cruel, partiendo de la premisa de que lo que yo dibujo u opino, le puede revolver el estómago.

Y todo viene porque esta mañana he leído unos tweets en los que –a mi modo de ver- un descerebrado lanzaba unas gracias –a su modo de ver- sobre el caso del niño que cayó al pozo. Curiosamente la queja y la denuncia social, venía por parte de un tipo cuyos chascarrillos diarios están llenos de agravio y menosprecio hacia la mujer. Y podría poner el ejemplo de mil comentarios sobre lo que se debe hacer con los que huyen en pateras, los homosexuales, la policía, el ejército, el Rey o los dibujantes que denunciamos lo que nos parece denunciable.

¿Quién y cómo podría decidir lo que sobrepasa los límites y lo que no? Es más ¿cómo se delimitan? ¿En base a qué? Si el que acusa también vierte lo suyo en otros tantos temas ¿qué hacemos? ¿Chapamos las redes y empezamos a enchironar a la gente? ¿Me encoleriza que se suenen los mocos con una bandera pero me troncho cuando queman una distinta?

Personalmente soy partidaria de que cada cual se exprese como más guste, me joda o no, entre otras cosas porque me parece bastante más peligroso coartar las libertades y depender de un examinador que probablemente resulte parcial, que de elegir a quien se lee, a quien se escucha y a quien, por qué no, se manda a la mierda (ejerciendo nuestro más legítimo derecho a la propia voluntad)

lunes, 28 de enero de 2019

O llevarás luto por tantos




El sábado vi una película sobre el genocidio llevado a cabo por Turquía sobre el pueblo armenio. Una de tantas atrocidades maquinadas por los hombres a lo largo de la historia. El relato de esa masacre y después de leer lo que pude al respecto,  me dejó tan afligida y asombrada como cuando conozco cualquier crueldad en masa cometida por seres de mi misma especie.

No soy capaz de encontrar ningún motivo que pueda llevar a una comunidad de personas a extinguir a otras, como Roma hizo en las Galias (3 millones de muertos y 1 millón de esclavos, 800 ciudades conquistadas y sitiadas), la revuelta de Ang Lushang en China (36 millones de muertos), las Cruzadas católicas en Europa contra los musulmanes, judíos, cristianos y cátaros (5 millones de muertes), la conquista Manchú en China (25 millones), la conquista de América por los europeos (más de 100 millones de indígenas asesinados), Leopoldo II Rey de Bélgica en el Congo (10 millones), Stalin y su purga étnica (40 millones), las víctimas del Holocausto nazi (más de 20 millones entre judíos, gitanos, polacos y rusos), la masacre francesa en Argelia (1.200.000 argelinos asesinados), y así con una larga y horrible lista que pasa por Vietnam, Camboya, Uganda, Ruanda, Bosnia-Herzegovina, Guatemala, Kurdistán, Palestina o Siria. Sin mencionar a los grupos terroristas que han sembrado el pánico y el dolor en prácticamente todos los países del mundo.

La causa, siempre, y en todos los casos: Ser diferente. Sentirse superior. Por pretextos de ideología política, religión, etnia, raza, cultura o condición sexual. Y con un factor común y primordial en todos ellos, el odio. El odio al inmigrante, al homosexual, al color de la piel, al que nace en otro lugar, al pobre, al rico, al del acento extraño, al que no sucumbe, al distinto.

Todas esas masacres o genocidios, todas, empezaron por una idea en la cabeza de un solo hombre, un esbozo de delirio que se fue alimentando de aversión, desprecio, rabia y un sentido enfermizamente desarrollado de supremacía. Todas empezaron por la percepción, ilusión, designio o propósito, de una sola mente. Y con esa gota, que podía haberse evaporado en cualquier mar, sin apoyos, sin escuchas, sin seguidores, el vaso se fue llenando de sinrazón hasta pasar a los anales de la historia como los más trágicos episodios de las crónicas del ser humano.

Y aunque les parezca difícil de creer, en las manos de cada uno de nosotros, está la responsabilidad de impedirlo. Despójense de su odio, ya ven para lo que sirve.

viernes, 25 de enero de 2019

le week end





(Aprovechen el fin de semana)
"Aún no he dado el último Tic de mi último Toc" 
-Alicia en el país de las maravillas-

miércoles, 23 de enero de 2019

El discreto encanto de los tertulianos




Mientras dibujo, a diario mañana y tarde, tengo de fondo la televisión, a veces un canal, a veces otro. Lo hago porque si ocurre algo importante, quiero saberlo al momento, y parece que dentro de la desconexión a la que me llevan las viñetas, un pequeño hilillo sonoro me une a la Tierra. Como empiezo de buena mañana, lo que escucho suelen ser tertulias y si presto atención solo puedo hacerme cruces de lo mucho, casi todo, que saben los tertulianos.

Un pequeño adelanto por parte del presentador o presentadora, te cuenta que hoy los temas a tratar serán la inmersión en el sistema celular a través del Single Cell RNA-Seq, la elaboración de la auténtica tortilla de patatas, donde revelarán si debe o no llevar cebolla, los definitivos hallazgos sobre el asesinato de John F. Kennedy y por supuesto de cómo se debe perforar un túnel subterráneo aunque en el camino se encuentren pedruscos de Marte, para ello les acompañarán los mismos expertos de cada día.

Y es que lo saben todo. Les da igual hablar sobre el código penal, la guerra de las Galias, los taxímetros, la enfermedad de Tay Sachs, la cantidad de gases que debe expulsar el cuerpo humano, cine, libros, política, deporte, religión,  y la fauna y flora nacional.

A menudo ni siquiera se ciñen a un guion sobre el que hayan podido informarse la noche antes, ya que en general lo que impera es la actualidad, y si a las 5 de la madrugada un meteorito ha caído sobre Tegucigalpa, saben de dónde viene, por qué se ha desprendido, de qué material está compuesto y por supuesto, cómo se debía haber evitado que se estrellara sobre el Cristo del Picacho (del que también nos darán más de una referencia)

Supongo que el permanecer ahí, en el plató, día tras día, se debe a que el espectador tiene un desconocimiento sobre toda materia inferior -si cabe- al del infiltrado, pero a mí, que nada sé de células, ni JFK, ni galerías mineras, me preocupa que la opinión de expertos en tanto, influya en una mayoría incapaz de investigar por sí mismo. Eso sí, ya les adelanto que la tortilla de patatas real, de cebolla, nada, y ya pueden venir en masa a contradecirme los tertulianos de Atresmedia, que como saber lo saben todo, sabrán que es mucho mejor que me dejen dibujar en paz.

lunes, 21 de enero de 2019

TO BE OR NOT TO BE (la elección es tuya)




Me atrevería a asegurar que todos tenemos más de un motivo para cambiar algo en nuestra vida, algo que nos incomoda, que no acaba de encajar, que nos hace menos felices. Algo que querríamos alcanzar, pulir, dejar atrás, modificar o crear.

Yo, que observo a la gente con detenimiento, lo que más veo en gestos disimulados y acciones sutiles, es insatisfacción. Detrás de todas esas poses que mostramos de encuentros maravillosos, perfiles idóneos, seguridad abrumadora y frases demoledoras, se esconden carencias que cuando apagamos la pantalla y nos damos la vuelta en la cama, nos llevan a cerrar los ojos e imaginarnos exactamente tal y como querríamos ser.

El abanico de descontentos puede ser más amplio que la gama de colores; desde complejos físicos, hasta tedios laborales, pasando por insomnios económicos, amores truncados y, cómo no, todo eso que se lleva dentro, que amarga, que mengua, que araña, que se vuelve mueca, que no hace ni puñetera gracia, que te vuelve gris, mediocre, que te envejece, que cansa, y que te lleva a adoptar un papel, a crear un personaje, a convertirte en un bufón que nada tiene que ver con tu yo interior, con tu prototipo de ti mismo, con lo que soñaste ser, con lo que esbozaste de ti.

Entiendo, como todos lo podéis entender, que la zona de confort (aunque sea ficticia) en la que nos movemos, es más llevadera que el levantarte una mañana en un lugar distinto en el que empezar de cero; descoloca, asusta, confunde y paraliza, pero de pronto –gracias al instinto de supervivencia con el que todos contamos- nos vemos poniendo un pie delante del otro hasta conformar todo un camino. Y resulta que la vida no es más que eso de andar mirando hacia delante y descubriendo nuevas rutas que transitar.

Así de fácil, y así, qué contradictorio, de difícil.

No depende de nadie, ni del jefe, ni del saldo, ni de la papada, ni de la suela de los zapatos. Depende de las ganas que tengas de no perder otro año, de no arriesgar, de no sentirte un extraño en tu propio cuerpo, de recopilar los anhelos que tenías en la niñez, de infiltrarte en la conciencia de lo sutil del todo, de la velocidad de los días, de que el tiempo se acaba.

De que las penas se queden… con los cobardes.

sábado, 19 de enero de 2019

Renovarse o morir (no al aburrimiento)







Si estoy quietecita, me enquisto, así que he renovado la web. Probablemente encontraréis algunos fallos, pero es que me piro el finde a Zaragoza, a ver como Pat le mete un par de goles al equipo de la ciudad y no tengo tiempo para más. ¿Qué veis algo que está mal o se podría mejorar? Me lo decís con todo el amor del mundo. Espero -eso siempre- que la disfrutéis. Y a ver si compráis algo, que ya toca. 
Que paséis un buen fin de semana. 


https://www.gemmacantador.es/

jueves, 17 de enero de 2019

...






Texto: "El emigrante" de Luis Felipe Lomelí  (el cuento en castellano más corto del mundo) 

miércoles, 16 de enero de 2019

Las invasiones bárbaras (modo psique)




El primer libro de autoayuda que leí, recomendado por una psicóloga que pretendía convertirme en una persona menos sufridora, se titulaba “Cuando digo no, me siento culpable” y realmente me ayudó una mierda porque seguí comprando todos y cada uno de los libros que me aconsejaba, sin ser capaz de decirle que se los leyera su tía. O más amablemente, que no. Pero toda esa experiencia me llevó a concluir (en un muy breve espacio de tiempo) que los volúmenes escritos para tal menester, no sirven más que para las dos primeras noches -pongamos que en cinco capítulos- te convenzas de que te vas a levantar siendo Barbarella, pero cuando te acabas el café y vuelves a hacer lo mismo que el día anterior y que el otro y que lo mismito de dos meses atrás, entiendes que no hay gurú escribiente que te saque de tu anclado comportamiento conductual. El machaque mental no es algo que me seduzca y el tener que pararte a pensar en cada situación cómo deberías reaccionar, te convierte en un autómata sin libre albedrío, que se despoja de su naturalidad y esencia para transformarse en un prototipo de lo que el ser perfecto debería reflejar. ¿Eso es felicidad? ¡Eso es un sinvivir!

Volviendo al principio y un tiempo después, cuando seguía diciendo sí aunque realmente quería decir una polla como una olla, me vendió un ejemplar de Mujeres que aman demasiado. Curiosamente lo leí hasta el final, asintiendo con la cabeza,  y llevando a cabo todos los ejercicios requeridos, sintiéndome durante la lectura como, sí, efectivamente, Barbarella, y por supuesto como una mujer que quiere en demasía (a lo cual a día de hoy aún no le encuentro lo negativo) y debía poner manos a la obra –obviamente con la ayuda de la susodicha y a sesión semanal- para desear menos y entregarme lo mínimo, con una serie de estrategias más propias de las invasiones de Gengis Kan que de una mujer sencillamente enamorada.

Verán, la teoría de todos esos panfletos cargados de tan buenas intenciones como un tubo de Hemoal, es beneficiosa y saludable, y a nadie le puede hacer mal ir por la vida con una sonrisa aunque tu pareja te diga que se está tirando a tu psicóloga, pero es que el ser humano, la esencia más intrínseca del ser humano, es la de equivocarse, la de cagarla hasta el fondo, la de hacer caso omiso a los sabios consejos, la de no escuchar la voz interior, la de elegir estrepitosamente mal, la de reponerse, insistir y navegar a contra corriente  hasta que un día, perdido y contrariado, te dé por entrar en una librería y comprar el tomo número tres de “Como irte a dormir siendo una cucaracha y despertar convertido en…”

Claro, Barbarella.
Y todo vuelve a empezar.

lunes, 14 de enero de 2019

Euforias de África (very out of África)




Yo nunca he tenido una granja en África, ni aquí en el pueblo tampoco, pero hay que reconocer que el cine lo convierte todo en un idílico escenario. Si han sido capaces de darle un aire apacible a la lluvia de napalm en un Vietnam apocalíptico, o convertir un campo de concentración en una vida bella, que no iban a hacer a los pies de las colinas del Ngong, por mucho que el país estuviera bajo el dominio británico, anexionando las tierras a los masais y creando granjas agrícolas para explotar el territorio y tener a toda una tribu de negros como sirvientes. Pero la imagen de esa Baronesa Bixen, contando historias al anochecer, con la silueta de los baobabs a sus espaldas, y ese erotismo que el sudado y embarrado Denys Finch Hatton exhalaba por su salacot, convertía a los europeos en unos seres angelicales que si invadían continentes, no era más que para vivir apasionados romances.

Una ha crecido con William Holden en Hong Kong, Catherine Deneuve en Indochina, Bogart en el río Ulanga, Eleanor Parker en la selva suramericana o Elizabeth Taylor en Ceylán. Y así te crees –te hacen creer- que si quieres darle una emoción fuerte a tu corazón, nada mejor que coger una mochila y largarte a un lugar lejano y peligroso, ora un escenario de trifulcas tribales, ora una expedición a las minas de diamantes, a evangelizar a cuatro indígenas o a evitar que una epidemia de ébola se convierta en pandemia universal. Cuanto mayor sea el riesgo, más aumentan las posibilidades de que eches un polvo tremendo en un mercado céntrico de Bagdad o antes de ser secuestrada por la Nueva Armada Popular en Zamboanga, un piloto con tatuajes te pille al vuelo para –por supuesto- follarte de lo lindo mientras sobrevuelas el sultanato de Joló.

No les voy a engañar. No me he arriesgado nunca a tales menesteres, en mi caso lo más probable es que un brote de malaria o la picadura de la mosca negra, me dejaran fuera de combate antes de encontrarme con Russell Crowe en tierras turcas.

Pero después de un análisis concienzudo sobre el tema, aparece la duda. ¿Y si sí? ¿Y si pudiera llegar a tener una granja en África? Voy a echar un vistazo a regiones conflictivas. ¿Alguna sugerencia?

viernes, 11 de enero de 2019

Regreso a Howards End (After hours)


En bastantes ocasiones, sobre todo cuando mi hija me cuenta de sus fiestas nocturnas, me da por pensar que daría lo que fuera por volver una noche, aunque solo una fuera, a aquellos años mozos en los que tan absolutamente bien me lo pasaba. Y a veces, al decirlo en voz alta, alguien a mi lado apuntilla: “Pero sabiendo lo que sabemos ahora”. Mi respuesta es la que llevo a cabo desde que tengo uso de razón cuando me encuentro con una opinión disparatada, frunzo el ceño y niego con la cabeza 180 grados (los 360 los dejo para titulares políticos)

El caso es que si algún genio me concediera ese improbable deseo, quisiera ser exactamente igual que antaño, porque de saber lo que la experiencia me ha dado, la sensatez, la responsabilidad y el miedo, no me hubiesen dejado disfrutar de las locuras, aventuras y un largo etcétera de hazañas. Y es que la juventud ha de tener ese toque de locura, de intrepidez e imprudencia para poder pasar a tu historia como los mejores momentos de tu vida.

Reconozco que me suben los colores cuando recuerdo mis madrugadas en unos cuantos rincones de la geografía española (en particular la barcelonesa y la mallorquina) y voy a omitir entrar en detalles porque en primer lugar hay vergüenzas que no prescriben y en segundo no quisiera dar ideas a Pat y sus amigos sobre qué situaciones te pueden llevar a crear momentos épicos y apoteósicos. No, porque mi papel ahora es el de recordarle casi constantemente (un buen amigo me dijo que una madre tiene la obligación de ser pesada) que se tape, que si bebe no conduzca, que no cate copas ajenas, que ojo con la promiscuidad, que no se meta en primera fila en los conciertos, que lo de probar no es obligación y que se lo pase teta con cuidadín.

Pero no me digan que volver, regresar una noche a esa emoción de maquearse de lo lindo y que en la puerta te esperen los amigos, de recorrer los bares y ligar a mantas, de reír hasta desencajar la mandíbula, de esperar de la vida lo mejor de lo mejor sin miedo a resacas ni a ardores, sin más responsabilidad que aprobar con un 5 pelado, de devorar la noche hasta la hora de los churros, de no tener que pagar más factura que la del cubata, de que tu pandilla sea el centro del universo y de caer en la cama extasiado cuando el periódico y el pan están calientes, no sería como un chute de adrenalina para aumentar y adobar esa viva complacencia llamada ilusión.

¿Hace una fiestuki? 

martes, 8 de enero de 2019

Crónica de una amargura anunciada




Mail recibido de Francis G. Weimberg esta misma mañana. Lo publico sin permiso.

"Pasé Año Nuevo en cama, hubiera hecho cualquier cosa por evitar los canelones de mi madre, que más que canelones parecen brazos de gitano, rellenos a rebosar de bechamel y salvelino en salazón. Tampoco me apetecía entrar en discusiones con mis cuñados sobre política, viendo como la yugular se les hincha y dejan el país con su ideología como si lo gobernara Pol Pot. Por otro lado la escena de mi padre, dormido sobre la sopa, roncando y con un hilo de baba corriendo barbilla abajo, no era mi ideal de día festivo. Así que, revelándome contra mis genes continuamente, alegué que el rakfisk de la noche anterior se me quedó en la traquea y no iba a poder bailar la típica danza bávara del 1 de enero.  
Matilde (mi amada esposa) si fue, claro que fue, y fue únicamente para restregarme durante horas la mala leche que tiene mi madre y lo repelentes que son mis sobrinos (con lo que estoy totalmente de acuerdo). Me trajo un canelón para que me alimente lo que queda de semana.
Pasé el día leyendo a Aristóteles, con lo cual todo  daba vueltas a mi alrededor y me encontraba perdido.
Mientras Matilde se depilaba el bigote entre lágrimas, la miré de frente y le pregunté:

-          ¿Crees que como seres inanimados hacemos sin saber lo que hacemos? ¿Es posible que tú sepas el qué y yo en cambio el por qué?

Se arrancó un pelo, dio un grito y me dijo:

-          ¡Quita de la luz, joder!

Volví a la cama con un pedazo de canelón y un libro de Forges; cada día nos parecemos más a las viñetas del dibujante.

PD: ¡Nadie hace la bechamel como mi madre!"

viernes, 28 de diciembre de 2018

Gemma y sus hermanas




En uno de esos curiosos estudios que se llevan a cabo en ciertas y no menos curiosas universidades estadounidenses, han confirmado que no hay nada mejor para los bajones emocionales, que tener una hermana parlanchina.  El adjetivo no creo que sea el más acorde, ya que su definición exacta alude a una persona que habla mucho, sin oportunidad y que dice aquello que debía callar. Pero, si como intuyo, se refieren más bien a alguien (en este caso mujer) que se presta a hablar por los codos sobre cualquier tema y varias horas al día, omitamos la descripción exacta y centrémonos en lo que coloquialmente viene a ser una tipa parlante.

Desconozco cuánto tiempo y posibles habrán empleado en la investigación, pero si de entrada se hubieran dirigido a mí, antes de terminar la pregunta ya les habría confirmado que tener una hermana habladora es beneficioso hasta para el tracto gastrointestinal.

A estas alturas de la vida sabrán –o deberían saber- que cualquier tipo de preocupación compartida, se rebaja a la mitad. Que cuando los demonios o dolores se vapulean, pierden fuerza, que la lucha es más poderosa si se realiza en grupo, y que cuando el problema se expone, las soluciones se amplían. Si todo esto además se da con la ayuda de una hermana, miel sobre hojuelas. Si se da con dos, tiene usted la probabilidad de contraer una depresión, bajo mínimos.

El estudio concluye (insisto en que se podrían haber ahorrado horas y money en la universidad de Utah si me hubieran contactado) que una mujer sabe captar y reflejar mejor las emociones y posee una habilidad comunicativa mucho mayor a la de un hombre (qué novedad) con lo cual si te levantas creyéndote un mamut o queriendo huir al fin del mundo, antes de asomarte peligrosamente al alféizar de tu ventana, llama a tu hermana.

En mi caso, que somos tres,  el triángulo es escaleno (ninguno de los lados es igual) lo cual se podría interpretar como que yo, al ser la mayor y con una inteligencia emocional muy superior a la de ellas (ayer mismo realicé un test con un resultado de 150 sobre 160) soy la que sostiene sus epopeyas y abismos a base de darle a la lengua sin descanso y lanzarles peroratas que si bien no solucionan sus dudas existenciales, las sumergen en una ensoñación  placentera que disipa sus males.

Resumiendo, que la Brigham Young University habrá justificado con este experimento sus ayudas estatales, pero que cualquiera que tenga una hermana parlanchina como yo, sabe que tiene un tesoro y una caja de antidepresivos en forma de oreja.

Y bla, bla, bla…

lunes, 17 de diciembre de 2018

¡Oído cocina! (Ya están aquí)




Sé que hay personas a las que las fiestas, sobre todo las navideñas, les provocan un odio visceral; que aborrecen el encuentro con familiares, las luces adornando balcones, el consumismo atroz, las comilonas, los villancicos… Sé que hay gente que en la amargura, se maneja mejor, y en su derecho están de sentir arcadas cuando se cruzan con un abeto cargado de bolas rojas. Pero, y esto es algo que he mamado desde niña, en mi caso cualquier motivo es bueno para intentar pasármelo bien. Tengo la fortuna (para mí es el mejor patrimonio) de disfrutar de una familia amplia y dada a la guasa, y aunque con los años muchos van desapareciendo, llegan otros nuevos que ocupan su lugar, y que conforman circularmente eso que acaba siendo la vida: una concatenación infinita de hechos, gentes, lugares, historias…

Tenemos también la suerte –los que me leéis y yo- de haber nacido en un rincón del mundo sin grandes problemas, con nubarrones de evolución que suelen disiparse con el tiempo, con trifulcas que nos empeñamos en abordar no sé si por mero aburrimiento o por insatisfacción personal, y con acontecimientos puntuales trágicos e indeseables, que son precisamente la excepción que confirma la regla. Pero en general, e insisto en la generalidad, nos ha tocado una sociedad en la que alcanzamos lo que deseamos y si tenemos la valentía y la honestidad de compararnos con otros, nos debemos sentir privilegiados.

Excepto en los temas de salud, creo firmemente que todo se trata de querer más que de poder, que hasta la sonrisa en la cara uno la puede provocar, que es una cuestión de echarle muchas ganas y auto convencerse de que ya las pasaremos canutas de verdad cuando nos llegue el momento y que el estar permanentemente enfadado con el mundo, con el despertador, con el vecino, con las banderas, con la dieta, con la cuenta bancaria, con la prisa, con los niños, con el cielo, solo nos va a crear una arruga tras otra y una existencia agria sin sentido alguno.

Sé que hay personas que odian visceralmente las fiestas navideñas, pero yo, a siete días de Nochebuena, estoy deseando dar regalos, abrazar a mi familia, ver cómo crecen los pequeñajos, comer turrones, cantar todas las canciones asturianas que mi abuela nos enseñó, reír, brindar y saber con total seguridad, que todos aquellos que faltan, estarían felices y orgullosos de vernos celebrar juntos  algo tan sencillo y maravilloso, como el seguir aquí. 

¡Felices fiestas!

viernes, 30 de noviembre de 2018

Malicia en el país de las mantequillas

Si algo está de moda en los programas de radio y televisión, y en los suplementos de prensa  (aparte de las somniferas tertulias y artículos seudopolíticos) son los espacios de nutrición mega saludable. Y a mí, que tengo por costumbre escuchar y leer toda novedad al respecto (aunque siga con mi dieta Dilophosaurus) me traen un poco de cabeza lo mucho que unos y otros se contradicen y el que tengan como lema: Donde dije digo, digo Diego. Sabrán que lo que hace unos años era poco menos que satánico, como por ejemplo comer más de dos huevos por semana, es ahora recomendable doblemente; que si antes el pescado te auguraba una vida más larga que la de Matusalén, ahora con dos raciones cada siete días te metes más mercurio en el hígado que el de una  roca de cinabrio. Que los frutos secos ya no engordan y te proporcionan tantos minerales como el Museo geológico de Barcelona; el agua -antaño elogiable- sí pero con peros, es decir, dos litros al día vale, pero una gota más te lleva a una hiponatremia que lo flipas.  ¿Qué decir de la carne de cerdo?, otrora arsénico grasiento y verdugo de órganos, que es a día de hoy lo más magro e inmaculado del súper. Nada que ver con la lechuga, esa verdura que Stallone comía a todas horas cuando rodaba Rocky y que te dejaba hecho un espíritu de la golosina, y ahora si le dices a un dietista que cenas ensalada te hace la señal de la cruz y te augura unos cólicos de padre y muy señor nuestro. Los cereales, ideales desayunos para mens sana in corpore sano, que desde  hace unos días son peores que el alpiste de canarios. El vino, el chocolate negro, las sardinas, la leche de soja, la mantequilla, las vísceras; la vitamina C de los zumos que evitaba resfriados y ahora es poco menos que una mierda pinchada en un palo. Los lácteos, las especias, la sal, el azúcar ¡El aspartamo!, ambrosía sustitutiva décadas atrás, ponzoña inmunda hoy.

Y no sé, no sé si todo esto alude a modismos, superávit de productos, campañas publicitarias, competencias desleales, oportunistas iluminados, o que no hay que creer a pies juntillas en nada y observar uno mismo lo que le vale y lo que no. Pero a mí, cuando el martes pasado leí en un artículo relativamente fiable que no hay nada peor para los resfriados de las vías altas, que los caramelos de menta, me han dejado como chupando un palo sentada, sobre una calabaza. 




domingo, 18 de noviembre de 2018

Comer, beber, cagar




Un par de veces en semana voy mirando qué día internacional se celebra; a menudo me parecen o una soberana bobada o tocan unos temas tan dramáticos que no casan con el humor por ningún lado. Si se trata de un asunto de justicia universal o discriminación –ya lo saben- me embarco. Pero a veces, lo que a primera vista puede parecer una inmensa mamarrachada, si indagas y te informas, no lo es y tiene su qué, su cómo y hasta su por qué.

Y así me ha sucedido hace unos minutos, consultando los días mundiales que se celebran esta semana, cuando me he encontrado con el correspondiente al próximo 19 de noviembre: Día Internacional del Retrete y el Saneamiento. En un primer momento he flipado, pero ante la curiosidad y perplejidad del anuncio, he recabado más datos y me he dado de bruces con lo absurdo, cruel, irrazonable y leonino que este mundo.

Reseñas, cifras y referencias:

“Los retretes salvan vidas, ya que gracias a ellos se evita la propagación de enfermedades mortales a través de las heces humanas. El 60% de la población mundial no cuenta en sus residencias con métodos que eliminen de forma segura sus excrementos. 892 millones de personas lo hacen al aire libre. 1800 millones beben agua no potable contaminada por heces. Las principales enfermedades transmisibles son el cólera, la fiebre tifoide, la disentería y la diarrea, la anquilostomiasis, la esquistosomiasis y la filaríais.”

Dicho lo cual me parece un buen día para celebrar, para intentar que el saneamiento llegue a todas partes, para concienciar de lo terriblemente mal que se vive en tantas partes de la Tierra, de lo poco que valoramos lo mucho que tenemos, de la importancia de la higiene, de lo chorra que llega a ser comprar papel de colorines para limpiarse el culo, de la necesidad de salir desahogados de casa para no tener que parar de urgencias en un área de servicio y de lo asquerosamente guarros que tenemos los lavabos públicos.

Sean conscientes y si tienen tiempo, curioseen en los Días Internacionales de… Igual no dibujan una viñeta, pero seguro que a partir de ahora, cagarán más a gusto.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

No es país para obesos




Cuando por la mañana me tomo el primer café, leo las noticias, por eso será que habitualmente me sienta como un tiro, pero ayer la lectura de una en concreto me dio el desayuno, el vermut y la comida.

Resulta que la Consejería de Salud Pública de la Generalitat Valenciana, decidió y así lo comunicó, que a partir de ese momento quedaba prohibida la incineración de cadáveres con obesidad mórbida y aquellos que hubieran recibido tratamiento contra el cáncer con agujas radioactivas. ¿Perdón? Los motivos eludían a la gran contaminación ambiental que el hecho genera en ambos casos, y a la dificultad de quemar un cuerpo de tales dimensiones en los hornos dispuestos para ello en el primero.
A ver. De verdad que me puse negra. Me asaltaron tantas preguntas que no sabía si llamar a Ana Barceló directamente (Consellera de Sanitat) o a la Asociación mundial de gordos para plantarnos ante El Palau, después de comernos un arroz a banda en la Albufera.

Supongamos que fallece una persona en la ciudad en cuestión, y el responsable de la funeraria, tras cuestionarte sobre nombre, apellidos, fecha de nacimiento y mostrarte el catálogo de ataúdes, te pregunta que cuánto pesaba. Supongamos también que contestas que 200 kilos, 200 kilos menos los 21 gramos que desaparecen por misteriosos motivos, y entonces te comunican que no puedes incinerarlo porque sobrepasa los límites de la entrada al crematorio. Hay que enterrarlo sí o sí. Pasando olímpicamente de las últimas voluntades del difunto, de lo que opine la familia y de si dispone de nicho o no. Según mis indagaciones una tumba estándar tiene unas dimensiones de 2 m de largo, por 0,80 de ancho, lo cual tampoco me parece suficiente para nuestro fiambre, pero no quiero saber cómo se las ingenian para que quepa; aunque entonces me asalta otra duda, obesa duda, ¿cuántos enfermos de obesidad mórbida mueren al año en la citada población? ¿Cuántos para que tanto afecten a la contaminación? ¿Más que automóviles? ¿Más que fábricas? ¿Más que los productos de limpieza? ¿Un gordo incinerado cada –pongamos- seis meses es un problema para la polución? ¿Hay que quitarle la dignidad hasta en el momento de su muerte? ¿No sería más lógico –aun tratándose de la Generalitat Valenciana- que modificasen el crematorio?

Imagino que todas estas preguntas, los lumbreras que tomaron la decisión  -que dicho sea de paso, deben estar como sílfides- no se las formularon, y ante la queja de alguna funeraria sobre un puto gordo que no entraba ni a empujones, se sacaron de la manga lo que apestan 200 kilos de grasa sobre la ciudad y se quedaron tan panchos.

Afortunadamente, y tras un día de indigestión aguda, a la hora de la cena rectificaron su edicto y los del sobrepeso exagerado podrán ser quemados si así lo deciden. El tema de las agujas radioactivas sigue vigente pero lo estudiaré en otro momento, que ahora voy a desayunar.

PD: El grado de gilipollez supina que estamos alcanzando supera las más agoreras expectativas.

jueves, 8 de noviembre de 2018

El silencio de los ornitorrincos




Cuentan –y esto no es una de mis invenciones- que se ha comprobado en las aguas de ríos australianos, que los ornitorrincos están llegando a asimilar a través de las larvas de insectos y cangrejos de los que se alimentan, el 50% de la dosis diaria de medicamentos que los humanos consumimos. Cuentan también que se han encontrado en ellos hasta 69 productos farmacéuticos, siendo el porcentaje más alto el de antidepresivos. La noticia no se extiende más, con lo que te dejan –si perteneces al grupo de  los inquietos intelectuales- con un montón de preguntas sin respuesta, a no ser que tengas línea directa con uno de los investigadores de la Monah University, privilegio del cual y sin ánimo de ofender ni menospreciar a nadie, dudo que gocen mis lectores. Así que tiene uno dos opciones: Pasar olímpicamente del tema o, intentar despejar las equis por sí solo. Y, efectivamente, tengo mucho tiempo libre y un ansia inmensa de investigar.

Para empezar han de saber que el animal en cuestión es un tipo rarísimo. Tanto que cuando fue descubierto se llegó a creer que se trataba de una confabulada falsificación (pico de pato, cola de castor, patas de nutria). Por si fuera poca su fealdad y nula exclusividad física, está dotado con unos espolones que inyectan un veneno mortal (no para los humanos) y localizan a sus presas por la detección de sus campos eléctricos. Es decir, si dijeran que el bicho ha sido lanzado desde un objeto volador no identificado, lo creeríamos e incluso agradeceríamos que no perteneciera a ninguna especia terrícola.

Pero ante la noticia, el estupor que más me aturde es el consumo tan exagerado que los australianos hacen de los estimulantes nerviosos. Sí, porque yo les hacía una sociedad cuasi perfecta, habitantes de ciudades envidiadas, descritas por los viajeros como los mejores lugares en los que vivir. Los imaginaba bronceados y ajenos, gente happy que practica el  surf y enloquece con el rugby, que tienen canguros en el jardín, boomerangs divertidos, un estilo bushwear en el vestir y ese sombrero de piel de conejo que tan bien le queda a Eric Bana o Hugh Jackman. Con un PIB per cápita superior al de EEUU, Francia o Reino Unido (mejor no compararlo con el nuestro), una deuda pública saneada y reducida, y un fuerte y estable sistema financiero; disfrutan de  13 horas de sol al día y producen carne y lana para abastecer a medio mundo.  

Y ahora nos salen con que su fauna consume más fluoxetina que  hamburguesas de emu, y que su población está más enganchada al Prozac que a Platón, siendo los trastornos mentales la tercera causa de enfermedad en el país. Decepcionante.

Créanme si les digo que mi amor hacia los ornitorrincos nunca se dio (sin desearles mal alguno) pero sí cierta admiración por un país que aun en las antípodas, se me antojaba cercano a mi modelo de modus vivendi. Pero ahora que sé lo que les comparto, emigrar a Melbourne para hincharme a paroxetina y filete de cocodrilo, y que una pandilla de mamíferos semiacuáticos tengan la serotonina por las nubes y se crean los reyes del mambo, me lleva a reflexionar y sentenciar que como en casa –con esos linces, toros y cerdos de nuestra fauna- no se está en ningún lado.

¡Ea!

martes, 23 de octubre de 2018

La trompetilla nacional




Tengo la mala costumbre de esperar algo bueno cuando se estrena una serie española presuntamente de intriga. Es una esperanza completamente onírica, como la del euromillón o una invitación a Arco. Pero dicen que uno muere en vida si abandona las ilusiones, así que cuando a las 22.40 h aparece en nuestras pantallas ese elenco de actores y actrices que son como de la familia, le escribo un WhatsApp a mi hermana con el texto: A ver cuánto aguantamos. Y el caso es que la capacidad de sufrimiento del ser humano, es inescrutable.

Supongamos que la trama tiene su qué, que el guion es aceptable y que te entregas a lo ancho del sofá a ver familias más maléficas que Charles Manson y con más secretos que el mago Houdini. Y a los pocos minutos empiezan las deficiencias, los defectos, ese feo vicio de los actores actuales: Susurrar. Da igual que estén en un bosque buscando a su novia desaparecida, pegándose de ostias con su hermano, pasando droga por el Atlántico, comprando al jefe de policía o cargando piedras para construir una catedral. Ellos no hablan, susurran. Y lo hacen de una manera tan sutil, tan por lo bajini, tan Om, que no te enteras absolutamente de ningún diálogo y te pasas el capítulo preguntándole a quien te acompañe en el sofá: ¡¿Qué ha dicho?!

Pero cuando te acostumbras a medio leer en los labios y a deducir la conversación, llega la segunda tara, que sumada al no oír ni papa, no sabes si salir corriendo a Gaes para una audiometría de urgencia, o twitear a la cadena en cuestión para que pongan subtítulos a los que musitan. Y es que lo de los acentos (ese conjunto de  particularidades fonéticas, rítmicas y melódicas que caracterizan el habla de una región) lo desconocen por completo. Les pongo un ejemplo:

Familia del País Vasco de toda la vida, compuesta por madre y tres hijos, allegados y amigos varios, también vascos desde las Guerras Sertorianas, nacidos, educados, crecidos y residentes, en el territorio. Por narices deberían tener como mínimo, un deje así como de “Ahí va la hostia, Patxi” ¿no? Pues no. Una parece de Mollerusa, el otro del barrio de Triana, la madre de las Rias Baixas, otro de Vallecas y algún descolgado de Trujillo. Para darle credibilidad a la saga, todos repiten varias veces por episodio “aita” y “ama” y así el espectador ya se traga que son descendientes directos de Tomás de Zumalacárregui.

Pero el Goya a lo infumable se lo llevó -sin duda alguna- una serie rodada en el barrio de El Príncipe (Ceuta) donde una familia oriunda (de los fenicios del siglo VII a.C.)  cuando se sentaba a la mesa a cenar, parecía una asamblea de las Naciones Unidas. El hijo mayor como si estuviera en un malecón de la vieja Habana, la madre la mismísima Moreneta de Montserrat, los pequeños de Vallecas, el yerno de la Guayana francesa, el primo de Vejer de la Frontera y el poli no se lo puedo decir, porque sólo susurraba.

Dicho lo cual e insistiendo en la esperanza de que algún día lleguemos a filmar algo digno y medianamente creíble, me voy a mi cita con el audiólogo, no sea que todo esto sólo dependa de mis oídos. O de mis odios.

Y en el próximo capítulo... ssshhhhhh




lunes, 8 de octubre de 2018

Misión a Marte (...Cargando)




En varias ocasiones a lo largo de mi vida, he estado tentada a pirarme lo más lejos posible de mi entorno, y no porque éste haya sido negativo o nocivo para mi estado físico o emocional; me atrevería a asegurar que cuando uno huye por propia voluntad, en realidad lo hace –inconscientemente- de sí mismo y su manera de interactuar con el mundo que le rodea. El caso –que no va este escrito de introspecciones ni  sicología cognitiva- es que a veces, cuando nos da por imaginarnos a cientos de miles de quilómetros de nuestro origen, evadiendo soliloquios, decisiones, arrepentimientos o penas, nos visualizamos en un cohete de múltiples fases y combustión secuencial, que sea capaz de depositarnos en un planeta anárquico sin más vida que la de algo de hidrógeno y una bocanada de oxígeno.

Hace unos meses, leyendo una entrevista a Anna Lee Fisher -química, doctora en medicina y astronauta, Jefa de la División de la Estación Espacial de la Oficina de Astronautas de la NASA- me sorprendió que terminara la misma con una frase que abría mi horizonte para cuando esos momentos de escape virtual: “Creo que volveremos a la Luna, instalaremos una base y la utilizaremos de plataforma para ir a Marte en unos 10-15 años”

Confieso que si soy incapaz de meterme en un ascensor, veo difícil pasarme un año de vuelo con microgravitación, centrifugación y despresurización alternativamente, pero puestos a imaginar, el planeta rojo me resultaba de lo más apetecible. Me resultaba hasta hoy, cuando para mi desdicha onírica y esperanzadora, he conocido la noticia de que –y cito textualmente el titular-: “Viajar a Marte destruirá el tejido intestinal de los astronautas”. Me han hundido.

Las pruebas hasta la fecha han sido realizadas en ratones, sometidos a una radicación similar a la que los viajeros sufrirían en esos doce meses de trayecto interestelar, confirmando que los intestinos de los roedores sufren un daño irreparable que podría desembocar en una grave enfermedad. Dicho lo cual, y a la espera de encontrar un método menos invasivo para los astronautas (y personal de a pie que huya de sí mismo) las futuras misiones a Marte, quedan suspendidas.

No intuía yo, a estas alturas de mi vida, tener que incluir a la NASA en mi lista negra de impresentables.

PD: ¿Disponen de referencias sobre la Роскосмос (Agencia Espacial Federal Rusa)?